Se me dio un cuerpo – ¿quién me dice para qué?
Es sólo mío, sólo él.
La alegría apacible: poder respirar, vivir.
¿A quién darle las gracias?
Debo ser el jardinero, debo ser también la flor.
Aquí en el calabozo del mundo no estoy solo.
El cristal de la eternidad
exhala mi aliento, mi calor.
El dibujo en el cristal, la letra:
no la lees, no la reconoces.
Aunque el vaho desaparezca pronto,
el delicado dibujo permanece.
Osip Mandelshtam
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