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domingo, 11 de julio de 2021

Un poema de Bob Hicok






Mi mano izquierda vivirá más tiempo que la derecha.
Los ríos de mis palmas me lo dicen.
Nunca discutas con ríos. 
Nunca esperes que sus vidas terminen juntas.
Pienso que rezando, aplaudiendo es como las manos lloran. 
Y pienso que esperar y quedarse  hasta que las pinturas suspiren es ciencia.  
En otra dimensión esto es exactamente lo que está pasando.
Es sobre lo que escriben las subvenciones: la cromodinámica de los silbadores tristes, 
la audible pena y la decadencia beta del Viejo Puente de Battersea. 
Me gusta la idea de lo diferente
allí y en otros lugares, un Idaho conocido por su pasto azul, un Bronx donde las personas
hablan con perfume a violetas. 
Tal vez, estoy en un lugar paciente, de alguna manera
amable, tal vez en el rincón
de un universo paralelo donde nunca profané ni traicioné a alguien. 
Aquí tengo dos manos y están desapareciendo
el hueco de tu espalda contra el cual descansa mi barbilla,
tu voz y un poco más que mi asiduo miedo a acariciar.
Mis manos están enredadas como una telaraña deshecha por el viento,
como si apretaran algo en el útero pero no pueden aguantar. 
Uno de esos otros mundos o una vida que sentí
pasar a través de la mía, o el océano al interior del vientre de mi madre
que extrajo en un grito. Aquí cuando digo "No quiero estar sin ti nunca"
en algún otro lugar también digo "No quiero estar contigo otra vez". 
Y cuando te toco en cada uno de los lugares que conocemos,
en todas las vidas que somos, son con manos que están muriendo y resucitan.
Cuando no te toco es un error en alguna vida, en alguna parte y por siempre. 

martes, 8 de agosto de 2017

El ángel custodio de no-sentir de Jorie Graham



Como donde sopla un viento.
Te lo puedo enseñar.
La forma de desesperación que llamamos “mundo”.
Un robo, sí, pero murmurador, lleno de miedo.
En el cual el “yo” es visto meramente como espécimen,
incompleto por ello, dotado en exceso,
maniobrado para librarse de precipitados
biológicos –hipótesis, humildades,
propensiones…
¿Quieres venir conmigo?
¿Sabes cómo se ven distancias en un paisaje?
Podemos emborronarlo. Podemos disolverlo
todo. ¿Conoces la edad previa?
¿El modo en que carece de forma hasta que el amor
la recorta? Degustamos el cariño crudo, taciturno, duradero,
hasta gastarlo, lo picoteamos, lo erosionamos, hasta hacerlo
desaparecer, el coraje liviano, el equipaje agujereado
en el que llevas de un sitio a otro
tus sueños traspasados de corrientes –sueños de formas, de
conciencias
en bisagras, todos entrelazados –sueño adelante –
la cadena que echaste está sonando,
aunque está hecha de aire, de menos, mira, por aquí
refleja, por aquí se curva
en espacio, por aquí se asemeja – rápido – sólo por una
milésima de segundo –a la felicidad – conjunto incorruptible –
qué relajante, tan real, un saliente sobre
la cascada – sucede con la música, cuando
escuchas –cuando intentas escuchar –
el aislamiento de lo exiguo, el tú en soledad,
un ínterin erizado de argumentos, ilusiones –
constituyen lesiones, se despliegan por una piel
desnuda, una ondulada extensión planetaria de piel humana,
no como la sensación de una presencia inadvertida,
no como – oh demolición de ola,
Estamos esperando a que suene el teléfono,
Estamos ocupados - ¿o no? – nos aferramos – las versiones
de la desolación que marcamos en listas, en
millas – la ola, aparece la ola
pero cuando se retira se encrespa en su borde
como paradero, la luz de la luna azota
en su rizo, repiquetea como inventario en su rizo,
la ola – despierta – la ola cuyos trozos
te daré si todavía piensas –
Pospón el día del debilitamiento,
deja que la barra de arena se alce a nuestras espaldas,
la cama servirá,
el salpicar de la textura, la sombra – manga con brocados
sobre la silla – el corredor de misterios
que denominas tu pelo – la mampostrería de tus
retrasos – pluma, tinta, papel – amigo mío,
mira la tinta, hunde los dedos por su cuello abierto,
pon la mano en el labio – así – hazlo otra vez, otra vez,
borda la boca, frota, exagera –
pequeñas formas en halo alrededor de los dientes,
el espejo en la pared lo muestra todo,
furioso, votivo –
oh, mira, el corazón pequeño
pronunciando, declamando, expulsando sus ceros negros,
crujientes, inaudibles.

sábado, 6 de mayo de 2017

Dos poemas de Pat Parker





Para la persona blanca que me pregunta cómo ser mi amiga

Lo primero que haces es olvidar que soy Negra.
Segundo, nunca debes olvidar que soy Negra.

Puedes amar a Aretha,
pero no la escuches cada vez que vengo.
Y si decides poner a Beethoven,
no me cuentes su historia,
también nos hicieron estudiar
Apreciación Musical.

Come comida soul *
pero no esperes
que te recomiende restaurantes
o la prepare para ti.

Y si una persona Negra te insulta,
te roba, viola a tu hermana,
destruye tu casa,
o solamente se comporta como un imbécil;
por favor, no te disculpes conmigo
por desear golpearlo.
Eso me hace preguntarme
si eres un tonto.

Y aún si de verdad crees que los Negros
son mejores amantes que los blancos.
No me lo digas.
Empiezo a considerar cobrar  honorarios
por ser una semental.

En otras palabras,
si de verdad quieres ser mi amigo,
no hagas una faena de ello.
Soy una floja. Recuérdalo.




**


En la materia de Literatura Inglesa,
me dijeron que Kafka era bueno.
Las mejores pesadillas
de toda la historia.
Creo que debo
buscar a ese profesor
y preguntarle por qué
no estudiamos
al Departamento de Policía de San Francisco.





* La comida soul refiere a una gastronomía estadounidense propia de los inmigrantes sudafricanos.
Tenía como principal característica el uso de pocos ingredientes, pero a pesar de esto, su elaboración se veía envuelta en un misticismo amoroso: transformaba  los escasos ingredientes en platillos que traían de vuelta la imagen de la familia y el hogar, que alimentaban el "alma".

domingo, 30 de abril de 2017

El mundo según mi corazón de Lauren Yates





I.

Sólo hay espacio para uno.
Las sillas de concreto mantienen a los curiosos en la bahía.
Nadie holgazanea aquí.

A veces un viajero extraño,
ignora la arena: el frío gris
delineando su cuerpo.



II.

Nuestra historia en una sola toma.
¿Una decisión estética?
No pudimos conseguir más rollo.



III.

Yo no lo quería
hasta que me hiciste consciente de ello.

Él, un mal aguacate.
Yo, vientre delicado en una tormenta salada.
No volveré a comer guacamole en mi vida.


IV.

Mi corazón hormiga obrera,
carga cincuenta veces su tamaño.
Sólo porque puede no debería hacerlo.


V.

Sólo soy feliz cuando no sé toda la verdad.
Miénteme. Frena mi impulso

de saberlo todo.
Estoy aprendiendo a vivir
con este estar rota.
Olvidaré cómo es que debo verme.
No me lo digas.
Déjame seguir poniendo catsup
y rebanadas de queso sobre pan.
Esto, para mí, es una pizza.
No me digas lo contrario.


VI.

Tratar de salvarlo
es como sacarle una sonrisa
a un guardia del Palacio de Buckingham.

Si deja sus vicios,
él será para alguien más.


VII.

Algunos días, tengo sentido del humor.
Me digo: encontraré a un amante viejo y rico.
Sus hijos tendrán mi edad.
Me llamarán "mamá".


VIII.

Sólo porque puedo amar, no significa que deba hacerlo.


IX.

Sólo hay espacio para uno.
Algún día, un viajero extraño
me traerá la pizza más exquisita.

"¿De qué es?" le diré.
"Difícilmente me sabe a catsup".

sábado, 29 de abril de 2017

Dos poemas de Sierra Demulder

Dominique Fortin




El permanente

La primera vez que mi madre se impuso a mi padre,
se hizo un permanente en el cabello.
Él le había dicho que no lo hiciera,
le dijo "es un desperdicio
de mi dinero ganado tan arduamente".

Mi padre me cuenta esta historia mientras llora,
ahora es mucho más dulce, un neumático sin rueda.
Mi madre volvió a casa de la estética,
y sería maldecida, si no se me veía maravilloso. 
Eso me mataba, Sierra, lo juro por dios. 

El permanente, ese primer murmullo
en un cuarto silencioso, el primer balanceo
de un murciélago sólo para descubrir
que la piñata es en realidad un perro.
Mi madre lloró durante horas,
no habló en una semana.

Ahora, treinta años después,
yo soy poeta
y estoy contando esta historia como si fuera mía.
Cosecho esta espina,
este embarazoso dolor de muelas.

Hago que mi padre arrastre su temperamento
fuera del almacén por la muñeca,
Y hago que mi madre vuelva del salón
una y otra y otra vez.







El mejor hombre

Inevitablemente, mi padre llorará en mi boda.
Vestirá su único abrigo con naturalidad,
como si usara una caja de cartón.
Sus pantalones de mezclilla,
su corbata anudada mecánicamente
como oropel.

Poco habituado a los eventos formales,
tiende a moverse en su asiento,
impaciente como un serrucho.
Cuando llora, y siempre llora,

lo hace de la única manera que puede hacerlo
el padre de tres mujeres:
su pecho como una boya agotada,
suspira y asciende,
mientras todo en su rostro se hunde

como si alguien hubiese lanzado
una piedra en un estanque
y las ondas se expandieran eternamente
es el más hermoso ahogamiento.



lunes, 24 de abril de 2017

Soneto de otoño de May Sarton



Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir
sus hojas, tan naturalmente, una por una;
si puedo llegar a saber lo que ellos saben,
que la caída es alivio, es consumación,
entonces el miedo al tiempo y a la fruta incierta
no perturbaría los grandes cielos lúcidos,
este otoño extrañísimo, dulce y severo.
Si puedo soportar lo oscuro con los ojos abiertos
y llamarlo estacional, no áspero o extraño
(porque también el amor necesita un tiempo de descanso),
y como un árbol estarme quieta ante los cambios,
perder lo que se pierda para guardar lo que se pueda,
la extraña raíz todavía viva bajo la nieve,
el amor resistirá -si puedo dejarte ir.

Tomado de la antología "Emma Gunst".

domingo, 19 de marzo de 2017

Cuatro poemas de Hilda Doolittle


**

¿Por qué has venido
a perturbar mi ocaso?
Soy vieja (vieja fui hasta que llegaste);

la más roja de las rosas se despliega
lo cual es irrisorio
en esta época, este sitio:

es impropio, imposible
y aún ligeramente escandaloso),
la más roja de las rosas se despliega;

(y eso, nadie puede detenerlo,
ninguna inmanente amenaza del aire,
ni aun el mal tiempo

que estraga nuestra fruta del verano),
la más roja de las rosas se despliega
(tendrán que tomarlo en cuenta).


**

Llévame dondequiera, dondequiera;
en ti me adentro,
Dogo -Venecia-,

toda mi hacienda eres tú;
me escondería en tu cabeza
como un niño en un ático

y, allí, ¿qué encontraría?:
¿religión o magia? -¿ambas? ¿ninguna?
¿la una o la otra?, juntas, afines

acopladas, exactamente iguales,
iguales en poder, juntas aunque separadas,
el ámbar de tus ojos.


**

Venecia -¿Venus?
Esta debe ser mi posición,
mi actitud: aunque tú descartaste

mi poema,
no puedo rehuirlo
aunque lo he intentado;

es cierto, era "fascinante...
para quien resista su preciosismo",
escribiste acerca de lo que yo escribía;

¿y por qué debo yo escribir?
Esto no debería importarte,
pero Ella descorre el velo,

me quita la venda de los ojos,
ordena:
escribe, escribe o muere.


**

¿eres tú?
¿es alguna estruendosa manada
de novillos, de toros? ¿es sólo uno?

¿son muchos?
voces del pasado, del futuro,
hasta aquí, no más allá,

ahora, el total abatimiento;
¿alguna vez estuviste en este sitio?
¿alguna vez estuviste en este cuarto?

¿cómo pude resistir tu presencia,
y después, una vez sola,
en un lugar extraño, junto a otros,

palabras tontas las mías,
y tú que no querías beber nuestro vino
("¿jugo de fruta, entonces?" - "sí"),

y tú que no querías tocar nuestra sal
-y almendras, nueces- ¿qué sucedía?
habías llegado tan tarde,

¿por qué no llegaste antes?
mejor no hubieras llegado
¿por qué has venido

a perturbar mi ocaso?
soy vieja
(vieja fui hasta que llegaste).


**

¿Es el recuerdo, sobre todo, asunto
de ramitas, hojas, hierba, piedras?
Eso es, hasta donde yo creo,

pero ramitas, hierba, piedras
y el ligero sedimento arenoso
son parte de Egina, la isla,

Y la isla es ella misma, ella;
hay quienes dicen que Higia está dando
de comer de una taza a una serpiente:


pequeña, amistosa y no tan augusta
como la ateniense Parténope,
pueda Atenea Higia ser

nuestra cercana patrona personal;
extraigo una pequeña piña de pino
entre las algas desparramadas:

cuyas espículas de sal
destacan sobre el médano reseco,
y no es preciso que vuelva mi cabeza

para asegurarme del banco de roca
dentado cual caracol marino;
conozco todo esto porque estuve aquí

antes de que todo terminara,
antes de que supiera de una intimidad
tan cercana como el aire.


**

¿Adónde, adónde, adónde voy?
Conozco el camino pero mi paso es incierto
cuando vuelvo a ganar humanidad;

no puedo, indecente, aferrarme a tus áloes,
tus palmeras...¿o acaso puedo?
¿Es indecente la flaqueza del cuerpo?

Así parece cuando pienso en Bar-Isis,
ese Memnón del desierto:
¿eran irónicas sus palabras?

"Te ves bien", me dijo,
y esas fueron sus últimas palabras
cuando lo vi en un sitio extraño, en compañía

de otros; me escribiría, dijo,
y escribió, y respondí, y aguardé otra carta,
pero aquello al parecer había acabado.

No llegaba él a los 40.
Yo pasaba de los 70 y volví entonces a leerte.
Quisiera recordar, tu Istar, Baal, o algún otro,

y dejar que la humanidad siga su paso;
arrogante, impudente, no quiero detenerme,
no quiero mirar hacia abajo;

lo insondable te pertenece,
arena, duna, montón y montículo,
continente, imperio; yo dejé atrás peces alados

y cardúmenes que eran auténticos meteoros;
nunca necesito hablar: soy tan insignificante
para ellos como lo era en las alturas aéreas;

sí, Egina me engendró,
y allí están tú y el Bosquecillo, pero
para acabar debo rastrear al tal Asmodeo,

París, Bar-Isis: reptar hasta su cueva,
con mi mano golpear contra su pecho,
despertar su corazón al momento presente...

Poemas extraídos de "Definición hermética". Traducción correspondiente a Ulalume González de León.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Un poema de Sharon Olds para mi padre

SU QUIETUD
El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar."
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

Sharon Olds