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martes, 27 de octubre de 2015

La autobiografía temprana de Juan Vicente Melo, un fragmento





Para empezar por el principio: creo en los signos.



Nací el primer día de marzo de 1932. Todos los horóscopos registran que, en ese día, rige el signo de Piscis y los Piscis, dicen -y estoy de acuerdo-, son nefastos, gustan de decir mentiras. Están destinado a oficios diversos y su configuración astral es doble: dos peces que se abrazan en sentido inverso: la cabeza de uno corresponde a la cola del otro y viceversa. Signo de agua, disolución, habitación en las profundidades. Signo de la movilidad, de la inconsistencia. Esconde su verdadero, vulgar nombre en la palabra sánscrita que corresponde a su signo zodiacal que, entre sus diversas significaciones, incluye la del número cinco. Parece ser que se trata del signo de la fusión alquímica de los cuatro elementos tradicionales con el quinto elemento, el éter, de esencia más o menos mágica. En hebreo, la palabra sánscrita significa Agua, lo que nunca permanece quieto la ola. Una de mis hermanas y casi toda la familia de mi madre nacieron bajo el signo de Piscis. Mi hermano menor corresponde a Escorpión, que es afín a Piscis. Mi otra hermana -no recuerdo bien- se satisface entre Sagitario y Capricornio. Mi padre corresponde al signo de Aries, que es contrario a los Piscis. Un buen amigo trazó, en una ocasión generosa, mi horóscopo: "Tu ascendente es Escorpión", dijo, satisfecho, seguro de que esa simple declaración me proporcionaría fuerza para vivir. Mme. Bambi de Gironella, astróloga sagaz, me declaró, irremediablemente, Piscis -Piscis, lo que me convierte otra vez, en víctima de las fuerzas atávicas que me rodean o rigen mi vida. Si lo que dijo Mme. Bambi es cierto, mi vida no tiene remedio.


(Veo la ola, veo el agua tranquila, veo nubes que representan elefantes, veo el cielo, limpio, azul; veo la constante movilidad de las hojas de los árboles y las flores de las jacarandas que inician su temprano, rápido proceso de vivir. Invento el olor del mar y ese olor ha sido correspondencia de un verde o un azul que sólo existen para mí. Veo. Veo e invento).

jueves, 22 de octubre de 2015

Elegía: otro poema de Miguel Guardia




Desde niño aprendí que todas las cosas del mundo
tienen un fin y una causa y un sitio inalterables.
Así lo creyeron mis padres y me lo enseñaron,
y mis abuelos lo creyeron, y yo lo creí.

Nada ha sido modificado desde entonces:
la soledad existe para que hombres y mujeres
sientan el deseo de estar acompañados
y nazca, así, el amor, naturalmente.
Y las tardes fueron hechas para que los recuerdos
se agudicen, y dejen la suave melancolía
del pasado. Porque sólo esto, y no otra cosa,
es, a veces, la felicidad.

Y el poder existe para enseñar a los vencidos
que la mansedumbre es una hermosa virtud
y la humildad y el conformismo timbres de grandeza.

Y si las hojas de los árboles, volando
amarillentas, caen de los árboles en otoño,
sólo es para recordarnos la muerte de un año más.

Y la primavera y la lluvia y el viento
y el deseo de hacer algo grande y maravilloso
y las mariposas y el mar y la miseria
y el ritmo de la sangre y la rebeldía,
todo está hablándonos de un orden perfecto.
Nadie osará romperlo. Nadie lanzará la piedra
que altere la tranquila superficie de la vida.

Porque más sabios que nosotros fueron nuestros padres,
que miraron, con la misma parsimonia,
sus recuerdos felices y la triste desnudez
de los niños ajenos, en las calles;
o el vuelo repentino de las hojas
y el agrietado seno de una madre. Y seco.

Que nadie alce la voz. Que nadie llore.
Que nadie intente conmover a nadie:
escriban los poetas sus cantos de amor,
porque consuelan a quienes no ha sido entregada
una sola palabra de ternura que callar;
den a luz las mujeres, porque –tal vez- de sus hijos
nacerán, algún día, la justicia y el consuelo;
que los hombres melancólicos permanezcan
con las manos dulcemente cruzadas sobre el pecho;
que los mansos inclinen la cabeza,
y que todos aborrezcan el pan de cada día
porque al sudor ya le han mezclado sangre y amargura.

Que todo siga igual, que cada cosa se conserve
en el sitio que le ha marcado la costumbre:
no cometamos el error de ser sentimentales
porque ningún hombre es lo bastante fuerte
para alterar, él solo, los designios.

Pero que por lo menos alguien diga
que no ha muerto del todo la esperanza…

Y yo voy a decirlo. Y que somos una raza noble,
generosa, grande para el dolor y el infortunio.
Y también que cuando tengamos en las manos
el verdadero amor y el odio verdadero
nadie nos detendrá. Nada ni nadie.
Yo, que sólo tengo palabras y un poco de poesía
que poner en ellas; yo, que no sé quién soy,
de dónde he venido; que no quiero el lugar
que sin duda alguna se me tiene asignado,
yo nada más quisiera convertirme,
a cambio de lo que no puedo dar ahora,
en tierra, en pueblo, en aire de las boca
que un día reclamarán justicia; en el nervio
de las manos que un día tomarán justicia,
en el corazón de los hombres que algún día
van a buscar y a conseguir justicia,
cuando llegue el momento.

Yo voy a estar ahí. Yo podré verlo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Tres poemas de Miguel Guardia




NO HAY ENGAÑO

Es fácil, a ratos, creer que cuanto me rodea
permanecerá inmutable conmigo:
seres, cosas, pequeños hechos cotidianos
sobre los que he levantado la certeza
de estar viviendo;
y todo llega a ser, entonces, tan hermoso.

Pero la verdad se desliza traidoramente,
como un soplo de aire frío bajo las ropas;
pero la verdad es que el tiempo me derrumba
y que se hace imposible cualquier engaño:
basta recordarla para percibir claramente
que una pequeña luz se me apaga en los ojos,
y que me llega el inconsolable deseo de quedarme quieto
hasta que todo haya acontecido.

Porque es un hecho triste y necesario
contra el que nada vale amurallar el corazón.




PARA DECIR ADIÓS

I

Cuando el corazón está haciéndose pedazos;
cuando nos morimos un poco más de prisa cada día,
porque a cada día nos olvidan un poco más;
porque hemos dejado de ser algo importante
a los ojos de alguien, para quien, alguna vez,
lo fuimos todo.

Cuando sabemos que eso ya no tiene remedio,
y cuando al estar solos, y a oscuras, nos llega siempre
el sentimiento de la muerte; o cuando nos miran
y pueden creer aún que estamos en paz
porque no conocen nuestros pensamientos.

Como, por ejemplo, ahora.

Regresan a nosotros, como si supieran
que nos es necesario un poco de consuelo:
las viejas y queridas palabras ya olvidadas
-y la vieja soledad y la amargura antigua-
y la vieja poesía que tantas veces detuvo
la caída del mundo sobre nuestros hombros.


II

(¿Por qué tuve que esperar a que se fuera
para soñar con ella?)

¿Por qué nunca aprenderemos
que el sufrimiento empieza al otro día,
y que el castigo de pronunciar ciertas palabras
es una muerte lenta, perpetua, inexorable…

(para llorar por ella)

…porque también las palabras pueden asesinar,
y porque adiós es una palabra vengativa
y porque yo la he pronunciado?
(para llorar por ella)


III

Sólo pude otorgar el sufrimiento,
no la luz, no la paz, no la alegría
del buen amor, ni la esperanza pude.

Las manos cuelgan a los lados, ahora,
como pañuelos estrujados y llenos de lágrimas,
o como dos animales atemorizados.

(¿Por qué le dije adiós?)

¿De qué escribe un poeta
cuando vuelve a sentirse solo y se le cierra el mundo,
cuando le nace el miedo a tanta soledad?

(Que no me diga adiós. No con las manos
que el canto del amor adormeciera;
ni con los ojos apagados diga
adiós a mi ternura; que no sea
su voz la que pronuncie la palabra
que todo lo aniquila, ni florezca
la turbia flor de la nostalgia encima
de la que cultivaba mi tristeza).


IV

Yo no puedo hablar ahora de otros hombres que sufren,
de tantos crímenes cometidos a todas horas
y cuyo solo nombre es manantial del terror.
¿Cómo pensar en el dolor que me rodea
si yo mismo no soy más que una agua quebradiza,
una sombría soledad,
una tristeza amarga doliéndose y llorando?


V

(Que no me diga nunca la palabra
donde el olvido interminable acecha).



SONATA


I
Nadie puede cambiar súbitamente su existencia,
dejar de asistir a su sitio predilecto
y abandonar los objetos que siempre lo han rodeado;
apartarse de las gentes con las que a diario charla
o descubrir que hace tiempo que sus palabras
están delgadas y luidas.
Porque sucede que, a fuerza de hacer siempre lo mismo,
la risa, el odio, el llanto, la tristeza
desaparecen bajo una gruesa capa de polvo;
y objetos y palabras y gentes y lugares
se desvanecen como el color de una tela
que estuvo mucho tiempo bajo los rayos del sol.
Pero un día, de pronto, algo nos golpea
como una piedra en la mitad del pecho
y en el cerebro y en la boca del estómago,
de tal manera que sólo acertamos a mirar
-un instante que luego habrá de parecer eterno-,
estúpidamente un punto en el espacio:
así nos toman las palabras por sorpresa.
Llegan, corren, irrumpen desbaratando todo aquello
que levantábamos entonces para estar tranquilos,
inesperadas. Y tan amadas y tan temidas
como los hijos que nunca hemos dejado nacer
y que toman la vida, sin que sepamos cómo,
de nuestros más queridos y abandonados sueños.
Yo sé que nadie, nunca, ha podido hacerlas callar
cuando vienen a desquitarse del olvido.
Son feroces y crueles enemigas
que golpean hasta sentir los brazos insensibles;
que nos gritan –hasta que se nos llenan los oídos
de angustia y de amargura y de arrepentimiento-,
todo lo que nunca debimos olvidar
sino como la última muerte, verdadera.

II

Y como quien vuelve de un profundo desmayo
y abre despacio los ojos adoloridos;
o como quien sale de una larga convalecencia
y tiene que recuperar sus fuerzas poco a poco,
empezamos a comprender, bajo el implacable
golpeteo de las palabras que renacen:
sólo hemos vivido una interminable mentira
parapetados detrás de frases vacías,
de falsas y soberbias actitudes
con las que hemos pretendido conservar la apariencia
de una vida plena, fructífera y equilibrada;
hemos dejado que la poesía cotidiana pase,
como si no fuera un huracán lleno de ira,
sin permitir que nos agite ni un cabello,
y sin dejar que deje en nuestras ropas
ni una brizna de polvo, ni una gota de lluvia,
ni un pedazo de pétalo pudriéndose.

III

Empezamos a comprender:
que amor no es solamente apego a una costumbre,
deseos de acariciar una piel suave o de sentir
que hay alguien que nos acompaña para siempre;
sino también la necesidad imperiosa
de ver por todos los demás, y de tender la mano
para ofrecer el pan y la esperanza.
Y que la libertad no puede seguir siendo
nuestro derecho a ser indiferentes.
Que hemos vivido culpablemente limpios.


Que patria no significan el lugar en que reposan
nuestros mayores, ni el sórdido fragmento de tierra
en que hemos asentado una mesa y un lecho;
que la patria es una ola de miseria y de llanto,
un alarido abierto, un borbotón de sangre,
una oscura corriente sin camino.

Que es necesario arrancarnos el corazón,
limpiarlo de telarañas y lavarlo y bruñirlo
y empuñarlo, como una espada vengativa.
Y no dormir de noche ni de día.
Y ya no hablar con voz pausada y tolerante
sino a gritos y a golpes de amargura.

Y que vamos a llenarnos de horror hasta los codos.

domingo, 11 de octubre de 2015

Un poema de Esther Seligson







DÍAS DE POLVO

I


A gente entende pouco do semelhante. Cada um 
de nos é un enigma que a maior parte das vezes fica 
por decifrar.


Miguel Torga


Estás tan lejos me dicen tan sola
y respondo nunca lo suficiente
nunca lo bastante lejos la soledad
siempre hay quien la interrumpe el teléfono
el cartero vecinos y esa necia costumbre
de procurarse víveres no nunca lo bastante
sola lo suficientemente lejos transijo
pago cuentas hago fila en el correo
saludo sonrío tampoco el mar que me acompaña
está solo cuántos veleros barcos lanchas
guardacostas lo ocupan

A veces nos salamos el mar y yo
muy de mañana en un llanto mutuo
remojo los pies en su espuma fría
y escucho la risa de Adrián que se revuelca
me digo entonces que aún estoy cerca
demasiado cerca
que me ha anclado el dolor a la orila
a este cuerpo nunca suficientemente solo
ligero lejano
ay tan presente

sábado, 12 de julio de 2014

Poema íntimo





























Si solamente tengo palabras y palabras
para decir mi angustia, mi sed de eternidad,
y las palabras son espejos desolados
que sus aguas no pueden la imagen reflejar.

Si en mis entrañas siento el vivo calosfrío
del misterio de Dios, que quisiera expresar,
pero al querer hacerlo me fallan las palabras
porque la idea no cabe y las hace estallar.

¿Con qué pintar la espera que nace de mi sangre,
la voz que me circula, mi lejano mirar,
si las palabras son instantes de agonía
que en ecos se transforman, y mueren al azar?

¿Con qué grabar la línea del cuerpo imaginado,
lo que sin ojos veo en mi ausencia carnal,
si las palabras son corolas de vacío
que al caerles mis sueños, no los pueden guardar?

¿Con qué grabar la línea del cuerpo imaginado,
las heridas de aroma que me deja el amor,
si las palabras son cadáveres errantes
y es imposible darles un nuevo corazón?

Si pudiera -no quiero- desterrar de mí mismo
este afán indomable de querer explicar
los estremecimientos del infierno secreto,
que no cesa un instante de crecer y de dudar...

Si pudiera -no quiero- asfixiar la locura
que vuela sin sosiego tratando de encontrar
el lenguaje preciso, capaz de dar idea
de lo que ante el misterio me atrevo a imaginar...

Mas tengo por la fuerza que sentir lo que siento,
que sufrirlo en silencio y al exterior callar.
Poeta sin palabras, ¡qué terrible tormento!,
mi voz impronunciada me tiene que matar.


Elías Nandino