martes, 11 de febrero de 2014

Siempre

Siempre regresas.
Para ti no hay tiempo
ni tiene oscuros límites la tierra.
Siempre vuelves.
Y siempre estoy aquí, esperando tus manos,
llenándome de sueños como de lluvia un árbol.
No hay nada diferente. Todo es igual y puro
cuando vuelves.
No han pasado los días ni he sufrido. Estoy sola,
con el corazón limpio como una fuente nueva.
Tengo otra vez palabras y caminos
y contigo regresan la brisa y las estrellas.
Regresan las campanas y los pájaros,
me devuelves la música, el murmullo
de los ríos lejanos,
la claridad del monte,
la perfecta verdad de que te amo.

Maruja Vieira

sábado, 1 de febrero de 2014

Criatura Múltiple




Ni siquiera yo sé por qué me vive
la vida, este aluvión de torpes luces
en criaturas reunidas, aguas
que vienen a mezclarse al caudal mío...

¡Soy yo tantas mujeres en mí misma!
¡Están viviendo en mí tantas promesas,
tantas desolaciones y amarguras,
tanta verdad que no me pertenece!



Tengo la vida demasiado ciega
con recuerdos -¿de dónde?- que me agobian,
con nostalgias profundas -¿de qué cimas?-
¡Y mi voz, viene a veces tan lejos!

¿Qué estéril hembra honda me recorre
esta heredad vital que soy, gritando?
¿Qué mujer oscurísima y humilde
dispone en mí este sol para el consuelo?

¿Qué caminante altísima se cansa
de poblarse en la luz hacia la sombra
y se acoge al origen, a mi orilla,
junto a los dulces animales vivos?

¿Vengo de raza de mujeres tristes,
con todas las tristezas silenciadas,
o que callaron el susurro exacto
del amor, y me empujan a decirlo?

¿Quién me ha ordenado ineludiblemente
hablar con voz ajena a mi silencio,
presintiendo, crecida, o recordando,
existiendo a la vez de tantos modos?

Yo, múltiple, plural, amigos míos,
no soy nada. Soy todo. Soy aquélla
que se quejaba a Dios de no ser río
y ser mar, ser clamor y no palabra,
ser laberinto y no sencilla ruta,
ser colmena y no ser única abeja...

María Beneyto

jueves, 30 de enero de 2014

Sobre Josefa Murillo

Una vez me pregunté por las poetas que escribieron durante el siglo XIX en México. A la ocasión me habían regalado dos antologías de poesía femenina y de Sor Juana al siglo XX había un trecho inmenso carente de nombres, de versos.

Pasó el tiempo y es apenas que estando en Veracruz doy con algunos nombres, uno de ellos, Josefa Murillo.

Josefa Murillo en pocas palabras fue una chingona.

Nació en Tlacotalpán, vivió frente al río Papaloapan, y es por esto que su sobrenombre fue "La alondra del Papaloapan". Nunca abandonó su tierra, esto debido a la fragilidad que la condenaba el asma, si acaso, se cuenta que salió a Orizaba sólo para una visita médica. Sumándose la enfermedad, el ser una mujer de provincia complicó su entrada al mundo de la academia, del cual, se cuenta que estuvo más que deseosa de pertenercer.  Josefa se limitó (y esta palabra es engañosa) a sólo leer libros, aprender francés (el momento literario al que pertenece es el romanticismo y la cultura francesa predominaba) y leer a Víctor Hugo en francés, ella solita, sin escuelas, sin maestros.

 Su poesía tiene una sabiduría, de la cual, afirman que sólo la gente de campo puede hacerse. Versos donde fluyen árboles, nubes, estrellas y el agua en todas sus formas:

"Mi esperanza de amor se alzó ligera
como esa nube blanca,
flotó un punto en el cielo de la dicha,
y se deshizo en lágrimas."

Los animales también están presentes en su poesía, el ave, sobretodo,  representa continuamente la libertad.

CONTRASTE

Sobre los troncos de las encinas,
paran un punto las golondrinas
y alegres notas al viento dan:
¿Por qué así cantan?...¿Qué gozo tienen?...
¡Es porque saben de donde vienen
y a donde van!

En este viaje que llaman vida
cansado el pecho y el alma herida,
tristes cantares al viento doy.
¿Por qué así sufro?...¿Qué penas tengo?...
¡Es porque ignoro de donde vengo
y a donde voy!...



No obstante y frente a tantas palabras tan bellas, quizá las que más me conmueven, son las siguientes por describir de algún modo a Josefa, quien pese a la crueldad de la vida que llevo, entre enfermedad y encierro, escribe: 

"No es mísero el destino de las flores
que despedazó el viento..."








miércoles, 15 de enero de 2014

La habitación




Con un espejo 
podría ver el cielo.

Con dos o tres, bien situados, 
podría ver el sol
inclinándose ante las chimeneas de la noche.

La salida de la luna -la luna misma podría aparecer
en un cuarto espejo, alto,
cerca de la ventana abierta.

              Con suficientes espejos adentro 
0 incluso afuera de la habitación, con una viga
para sostenerlos, las montañas
y los mares podrían manifestarse.

Entiendo perfectamente
que demasiado seguido podría toparme 
con mis ojos -tengo en cuenta
el peligro-
                Si los espejos
son bastante grandes, y se disponen 
con bravura, puedo mirar
más allá de mi propia mirada.

Con un espejo
¿cuántas estrellas podría ver?

No quiero escaparme, solamente mirar
la celebración de los ritos.


Denise Levertov

lunes, 6 de enero de 2014

Poema imprescindible de Bonifaz Nuño

34

Llega fácilmente el dolor;  atiende
el primer llamado que le hacemos.
Para que el dolor nos toque, es bastante
con dejar caer las manos,
y pensar en algo y querer tenerlo.

Y con qué dureza nos aprieta
después el dolor, con su mano sorda;
nos dobla los hombros, nos empuja
siempre más adentro de donde estamos,
y ya no es posible escapar, y nada
nos queda sino aguantar en silencio.

-Tal vez éste fuera el momento
de nombrar a Dios en este poema.
Pero les confieso sinceramente
que haste el nombre me atemoriza-.

Y también sabemos hacer- a veces
sin querer hacerlo- el sufrimiento
de los otros.

             Siempre los que nos aman
se dejan inermes en nuestras manos;
nos dan el poder monstruoso
de usar de sus cosas como nos plazca;
de hacer su dolor, de formarlo
con una palabra callada, con un gesto.

Y lo hacemos, no porque nos falten
caridad o ganas de ser buenos,
sino por pereza o por miedo, acaso
por remordimiento o vergüenza y olvido.

Como cuando duerme un niño, y no quiere
despertar, y grita lastimando
la voz que lo viene a llevar al día;
o como la mansa bestezuela
que, por puro espanto, se revuelve
y muerde y desgarra la mano que procura
sacarla del agua en que se ahoga;
o como el soberbio, que no recibe
lo que se le da, porque piensa
que no lo merece - no me ames,
amada- y rechaza su provia vida,
y al herirse hiere a quien lo busca.

Porque no podemos todavía
dar o recibir sin hacer daño;
nos falta humildad y trabajo; fuerza
para no negar que somos débiles.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Concha Urquiza

LA CANCIÓN INTRASCENDENTE

Tonadilla de viajero:
del corazón a la boca,
y de la boca, al sendero.

Siembra en los rumbos del viento
y quién sabe
si vayas a hacer granero
en la garganta de un ave.

Por los valles y los montes
anda a probar tu fortuna:
los cabellos de los pinos
huelen a viento y a luna.

El río tiene su flauta
y la fuente sus espejos:
quédate y canta con ellos,
nosotros vamos más lejos.

Tu padre no quiere oírte
después de haberte engendrado:
no eres más que una canción
que el viento se habrá llevado.

Viajeros somos, viajeros
que andamos nuestro camino:
una y monte, monte y luna,
manta y silbo, pan y vino.

Y como es recio el camino,
llevamos por equipaje:
en el pecho, el corazón,
y en la boca una canción
para el viaje.


lunes, 2 de diciembre de 2013

Eleazar León

Ningún camino me pertenece
ni yo soy suyo para nada. ¿Quién atesora
migraciones de nubes a la orilla del viento?
Abro los días por la puerta del mar
y en las corrientes planto mi casa, bebo
los torbellinos.
La luna me comprende con estaciones de intimidad
y luego vamos cada quien, ella creciendo
con mi lumbre por dentro, yo con la capa
de los jinetes a pleno sueño.
Ondulaciones en la hierba, sé sus andanzas
de lluvia o sol, y el vencimiento de los árboles
muertos por hacha, y el corazón
abierto de las piedras.
Nada retiene bajo su luz, y así mi abrazo
rodea las cinturas de las espumas
y cuando nazco de raíz pienso en el aire
y el horizonte sobre mi mano.
Se me vuelve un tesoro
los días del universo.
Sus regalos destellan
por el instante de mi voz
y pronuncio la fuga de las arenas en mi puño
con júbilo las estrellas
y hago silencio.

sábado, 19 de octubre de 2013

María Mercedes Carranza

Jugando a las escondidas

Al comienzo la llorarán mucho. 
Habrá novena, misas cantadas
con diáconos y cuatro curas. 
El luto adornará a los parientes
que entre lágrimas verán su vida como una hazaña.
Será gran señora, incomparable esposa,
dilecta amiga, pozo de gracia
de virtudes y dones. 
El vacío que dejará en la sociedad
no podrá llenarse aunque lo intenten.
Se conservarán igual que reliquias
cadejos de pelo.
Y hasta habrá manos
que echen de menos otras manos.
Con los años será la abuela
que hay que pasar a un osario
y luego la foto en cualquier rincón de la casa
que nadie sino de lejos sabe
a quien retrata. Finalmente nada.


****


Esta mano nerviosa y pequeña que todos ven,
esta mano de uñas pintadas y piel frágil
ha cometido sin temblar
oscuros asesinatos fracasados
y algún suicidio rencoroso
en el abandono de la almohada y las lágrimas.
Esta mano ha mentido en salones y calles
con ceremonias usadas y ajenas. 
En habitaciones oscuras, esta mano
ha huido de la ternura,
pero lenta como ola de aceite
ha dado placer a los cuerpos.
Esta mano ha ordenado en fila las palabras
para llevarlas al abismo
y hacerlas decir ya sin aliento
del esplendor de las pobres emociones,
del desplome de las ruinas aún en pie,
de la sal viva en las pestañas.
Esta mano ha robado en duermevela
cosas que nunca se atrevió a hacer suyas
y ahora en su palma sólo tiene roces
y el vacío en el que estuvo otra mano.
Esta mano tiene atravesadas las líneas
de una vida que se perdió
porque no supo, no comprendió, no quiso. 

sábado, 5 de octubre de 2013

Un poema de Jean Portante

Nada está destruido 
Reloj blando, Dalí, 1954.
ni el viejo reloj suspendido en el cielo, 
ni las horas que llueven arriba de los techos.
El tiempo como todo lo demás
se evapora y se condensa, 
y los animales negros que a golpes
se posan sobre los muros
no han ido en vano al laboratorio.

Hoy es un día irreparable.
Vamos al mercado como vamos a la iglesia.
Nos veo aburridos frente a la eternidad.
Lloramos un poco para hacer penitencia,
mentimos también y todo retoma su curso.
¿Por qué caminar sobre el agua 
cuando podemos hacerlo allí?
¿Y por qué decir no, 
cuando sí es una bola de cristal?

Point, Jean Portante

domingo, 29 de septiembre de 2013

Como a un muerto de sed

Hablo como quien habla
delante de sí mismo consumido.
Algo ya de mi muerte está aquí ahora.
Ya no me pertenece
la voz que está cantando a mis espaldas
y mi puro planeta está llegando
a ponerse debajo de mi planta
porque ande mi memoria entre su nieve.

Cierto es que llama fui, muy combatida
entre contrarios vientos
y no sé cuál de todos me ha apagado.
Más desasida estoy. Y aunque me duele
el sitio en que moraba
tan dulce oscuridad, voy asomando
un paso ya del cerco de mi sombra.

Cuando me inclino a recoger mi nombre,
nombre de soledad, cetro sombrío
y célibe corona,
sé que arrebato su laurel a un muerto
y me ciño la flor que no se mira,
que a otra le estoy hablando en estas voces.
Muerta la tengo en medio de mi brazos,
mi más honda, mi más amada víctima.

Me abandono a mí misma como a un muerto de sed.
Aquí me dejo. Y ya me estoy mirando sin ternura.
La casa donde amé.
La vista oscura y engañada de objeto.
Las guirnaldas de la fiesta extinguida.

Todo cuanto no era descendido
de mi más alto ramo,
de las aguas secretas y desnudas
y de la sola estrella, suavísima y cruel,
que me gobiernan,
aquí lo dejo, dulce y destruido.

Detrás quedan mis pasos derrocados.
Mi propia tierna y fútil estatura.
Es que me he deparado
la terrible alegría
de contemplar mi amor del dulce mundo
hecho ceniza
y de mirar mi cuerpo abandonado
como un jardín trivial, porque una noche,
oh ángel de pavor y de hermosura,
al abrirme el misterio
grave y resplandeciente de tus alas,
se me cayó del rostro la sonrisa.


Margarita Michelena