Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.
El hombre es anima de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.
Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.
El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.
Damos la vida sólo a lo que odiamos.
Rosario Castellanos
sábado, 26 de abril de 2014
domingo, 16 de marzo de 2014
La palabra
Quiero bien a la palabra viva:
alegremente por aquí brinca;
saluda con gentil reverencia,
es graciosa incluso en la torpeza.
Tiene casta, resopla denodada,
pues al oído del sordo se arrastra;
se ensortija y revolotea,
y todo cuanto hace deleita.
Pero la palabra es criatura tierna,
unos ratos sana, otros enferma.
Si quieres que su corta vida guarde,
has de ser con ella grácil y suave,
no manosearla ni maltratarla,
pues muere a veces por malas miradas.
Y entonces yace tan deforme,
tan exangüe, tan frío y pobre
su cadáver cambiado gravemente,
vejado por la agonía y la muerte.
Una palabra muerta es algo feo,
es un esquelético tintineo.
¡Qué asco de todas las artes mezquinas
que matan palabras y palabritas!
Esto no es un libro: ¿qué importan ellos,
qué importan esas mortajas y féretros?
Esto es una voluntad, una promesa,
una última rotura de pasarelas,
es un viento marino, un dejar anclajes,
un guiar el timón, un rugir de engranajes;
brama el cañón, blanco humea su fuego,
ríe el mar, lo monstruosamente inmenso.
Friedrich Nietzsche
alegremente por aquí brinca;
saluda con gentil reverencia,
es graciosa incluso en la torpeza.
Tiene casta, resopla denodada,
pues al oído del sordo se arrastra;
se ensortija y revolotea,
y todo cuanto hace deleita.
Pero la palabra es criatura tierna,
unos ratos sana, otros enferma.
Si quieres que su corta vida guarde,
has de ser con ella grácil y suave,
no manosearla ni maltratarla,
pues muere a veces por malas miradas.
Y entonces yace tan deforme,
tan exangüe, tan frío y pobre
su cadáver cambiado gravemente,
vejado por la agonía y la muerte.
Una palabra muerta es algo feo,
es un esquelético tintineo.
¡Qué asco de todas las artes mezquinas
que matan palabras y palabritas!
Esto no es un libro: ¿qué importan ellos,
qué importan esas mortajas y féretros?
Esto es una voluntad, una promesa,
una última rotura de pasarelas,
es un viento marino, un dejar anclajes,
un guiar el timón, un rugir de engranajes;
brama el cañón, blanco humea su fuego,
ríe el mar, lo monstruosamente inmenso.
Friedrich Nietzsche
miércoles, 12 de marzo de 2014
PERFECTO MÍO, SEÑOR DE LOS POTREROS
Me anega esa sazón oscura y cálida de cafetal,
los muros de agua resbalando obstinados
los muros de agua resbalando obstinados
en menudas cortinas
y esa marea exótica, penetrante,
de verde alcohólico en tus montes.
Todo quedó allá.
Mi nervio, mi tenso músculo
enraizados en tu tronco voraz.
enraizados en tu tronco voraz.
¡Ah!, implacable e impecable jinete,
señor de los potreros,
señor de los potreros,
dueño de mi verano apocalíptico,
añoranza radiante en mi septiembre.
Yo no quiero
que pase sobre ti
su lengua el tiempo.
Que no se desdibuje esa plenitud escultural,
que la preserven de todo mal los dioses,
que no desbande tu maciza voz
el viento.
Perfecto mío, adéntrate en mi seno.
Escóndete en la gruta de mi lengua.
Súbete en mi palabra:
salta entero al papel.
Ojalá yo pudiera eternizarte
en la más alta catedral del viento.
Enriqueta Ochoa
sábado, 1 de marzo de 2014
Poemas de Ángel José Fernández
LOS FANTASMAS
(fragmento)
su especie en extinción
y me habla cosas
como un embajador
del más allá
contándome sus penas.
Es decir
de trasnochado Dios eso que dicen,
y me consuelo a tientas,
me espejeo
con mis sombras doy lectura de fe
de que me siguen.
Y soy yo sin Dios,
y soy el mismo viento por el patio.
10
El azar es azul, así lo expresa
la música del mar
de arenas movedizas, tropezón
de este ser
que apaga su caída
con su temple motor.
La pesadilla es irse acostumbrando
a cruzarse de manos y doblar aspavientos,
escuchar a la muerte
como en un caracol
con sus palabras huecas y acercarse
hasta ser,
puro en su tumba, sólo el torpe
que uno mismo se erige en el abajo.
Vaya pancarta silenciosa,
calamidad de viva roca sorda
y roca viva a golpe y sangre.
Vaya.
De Tempestad en la lumbre, en "Nocturno al amanecer", 1984.
(fragmento)
A Pancho Salmerón
1
Los fantasmas del patio de mi casa
son sábanas tendidas
en lo oscuro,
huecos del ser
y augurios malhabidos
y son también, constatación de luna.
Los fantasmas del patio de mi casa
son sábanas tendidas
en lo oscuro,
huecos del ser
y augurios malhabidos
y son también, constatación de luna.
Mueve el viento
sus títeres nocturnos,
se ensaña con mis miedos,
aletea
sus títeres nocturnos,
se ensaña con mis miedos,
aletea
su especie en extinción
y me habla cosas
como un embajador
del más allá
contándome sus penas.
Es decir
de trasnochado Dios eso que dicen,
y me consuelo a tientas,
me espejeo
con mis sombras doy lectura de fe
de que me siguen.
Y soy yo sin Dios,
y soy el mismo viento por el patio.
De "Algo así", 1981.
10
El azar es azul, así lo expresa
la música del mar
de arenas movedizas, tropezón
de este ser
que apaga su caída
con su temple motor.
La pesadilla es irse acostumbrando
a cruzarse de manos y doblar aspavientos,
escuchar a la muerte
como en un caracol
con sus palabras huecas y acercarse
hasta ser,
puro en su tumba, sólo el torpe
que uno mismo se erige en el abajo.
Vaya pancarta silenciosa,
calamidad de viva roca sorda
y roca viva a golpe y sangre.
Vaya.
De Tempestad en la lumbre, en "Nocturno al amanecer", 1984.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Retorno de Electra (I)
Para poderte hablar así, de frente,
tuve que echarme toda una vida
a llorar sobre tus huesos.
Tuve que desandar lo caminado
desnudando la piel de mi conciencia.
Para poderte hablar
tuve que volver a llenarme de aire
los pulmones.
Y cuidar que no se me encogieran las palabras
el corazón, los ojos,
porque aún se me deshacen de agua
si te nombro.
Ya me creció la voz. padre, patriarca,
viejo de barba azul y ojos de plomo.
Ya te puedo contar lo que ha pasado
desde que te fuiste.
Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos.
No me atreví a buscar
porque no habría
un roble con tu sombra y tu medida
que me cubriera de la llaga de sol en mi verano.
Uní la sangre que me diste a otra sangre.
Malherida,
borré la sombra del sexo entre los hombres
y me quedé vacía, a la intemperie.
Y no pude decir
hasta que se hizo carne de mi carne el amor
lo que era hallar la propia sombra, entregándose.
Después quise ubicarte en mí, te pesé,
te ultrajé, te lloré, medí tus actos,
di vuelta atrás,
y volví a caminar lo desandado.
Por eso puedo hablarte ahora, así,
porque entendí tu medida de gigante.
Enriqueta Ochoa
miércoles, 12 de febrero de 2014
A veces llora el hombre- Margarita Paz Paredes
A veces llora el hombre
su inútil, lenta vida,
su derrumbada voz en los abismos
donde se abaten cercenados sueños.
A veces llora el hombre
con desgarradas lágrimas de siglos,
como si fuera el último
superviviente náufrago del mundo,
que caminara solo entre cadáveres
de transparentes venas disecadas.
A veces llora el hombre
su viril crecimiento solitario,
su semilla injertada de granizo
estéril, deleznable,
llora su soledad
y el hijo de su llanto congelado.
Llora sus pasos de fantasma
sobre un aciago páramo de sombras.
Ya ni la misma tierra lo sostiene.
No lo tocan los dedos de la brisa.
Tiene sed, pero el agua se le escapa
por fracasos de súbitos cristales.
Se deslizan sus pasos en la nada
y un pavor infinito lo estremece
cuando se queda mudo y paralítico
en la hora nupcial de la poesía,
sin eco que responda a su amargura,
sin huellas que delatan su presencia,
su dolida presencia de abandono.
Porque el hombre está solo,
porque nadie sospecha
la dolorosa concepción de un hijo,
extraordinario, singular diamante,
casi gema de leche, casi aurora
en su nocturna entraña marinera.
A veces llora el hombre
porque se siente solo.
El hombre que debiera
sonreír de olvido,
cuando el mundo se olvida
de que el hombre ha llorado.
Pero cuando despiertan
milenarios diamantes
y ascienden a la vida
por claras madreselvas,
invadiendo la noche
de esmeraldas pequeñas,
al hombre de repente
le despiertan palabras
-lirios amanecidos-
y su invernal angustia
se cubre de campánulas
de vegetales ecos,
y sus brazos morados
por lentas soledades,
se le van envolviendo
de ingénitas presencias,
y la gema de leche
de su honda poesía,
le ilumina la entraña
sosegada del llanto.
Fluye de sus trémulas manos
el venero de plácidas angustias,
cuando siente nacer en su agonía
al hijo invertebrado.
Un filo adverso aniquila el lucero.
Torna a llorar el hombre
con desgarradas lágrimas de siglos,
y antes que el grito asombre
al silencio del alba,
agoniza en sus labios mortecinos
la canción infantil de la esperanza.
Se derrumba su voz en los abismo,
rueda por incontables
túneles de tinieblas
y se empoza en gargantas mutiladas.
Sube de las entrañas de la tierra
el lamento obstinado y delirante
que llega hasta el Creador y lo conturba
como en el día agorero
del parto inenarrable,
en que nació la luz, el agua, el viento,
y comenzó el oscuro, el desolado,
inagotable llanto de los hombres.
Margarita Paz Paredes
su inútil, lenta vida,
su derrumbada voz en los abismos
donde se abaten cercenados sueños.
A veces llora el hombre
con desgarradas lágrimas de siglos,
como si fuera el último
superviviente náufrago del mundo,
que caminara solo entre cadáveres
de transparentes venas disecadas.
A veces llora el hombre
su viril crecimiento solitario,
su semilla injertada de granizo
estéril, deleznable,
llora su soledad
y el hijo de su llanto congelado.
Llora sus pasos de fantasma
sobre un aciago páramo de sombras.
Ya ni la misma tierra lo sostiene.
No lo tocan los dedos de la brisa.
Tiene sed, pero el agua se le escapa
por fracasos de súbitos cristales.
Se deslizan sus pasos en la nada
y un pavor infinito lo estremece
cuando se queda mudo y paralítico
en la hora nupcial de la poesía,
sin eco que responda a su amargura,
sin huellas que delatan su presencia,
su dolida presencia de abandono.
Porque el hombre está solo,
porque nadie sospecha
la dolorosa concepción de un hijo,
extraordinario, singular diamante,
casi gema de leche, casi aurora
en su nocturna entraña marinera.
A veces llora el hombre
porque se siente solo.
El hombre que debiera
sonreír de olvido,
cuando el mundo se olvida
de que el hombre ha llorado.
Pero cuando despiertan
milenarios diamantes
y ascienden a la vida
por claras madreselvas,
invadiendo la noche
de esmeraldas pequeñas,
al hombre de repente
le despiertan palabras
-lirios amanecidos-
y su invernal angustia
se cubre de campánulas
de vegetales ecos,
y sus brazos morados
por lentas soledades,
se le van envolviendo
de ingénitas presencias,
y la gema de leche
de su honda poesía,
le ilumina la entraña
sosegada del llanto.
Fluye de sus trémulas manos
el venero de plácidas angustias,
cuando siente nacer en su agonía
al hijo invertebrado.
Un filo adverso aniquila el lucero.
Torna a llorar el hombre
con desgarradas lágrimas de siglos,
y antes que el grito asombre
al silencio del alba,
agoniza en sus labios mortecinos
la canción infantil de la esperanza.
Se derrumba su voz en los abismo,
rueda por incontables
túneles de tinieblas
y se empoza en gargantas mutiladas.
Sube de las entrañas de la tierra
el lamento obstinado y delirante
que llega hasta el Creador y lo conturba
como en el día agorero
del parto inenarrable,
en que nació la luz, el agua, el viento,
y comenzó el oscuro, el desolado,
inagotable llanto de los hombres.
Margarita Paz Paredes
martes, 11 de febrero de 2014
Siempre
Siempre regresas.
Para ti no hay tiempo
ni tiene oscuros límites la tierra.
Siempre vuelves.
Y siempre estoy aquí, esperando tus manos,
llenándome de sueños como de lluvia un árbol.
No hay nada diferente. Todo es igual y puro
cuando vuelves.
No han pasado los días ni he sufrido. Estoy sola,
con el corazón limpio como una fuente nueva.
Tengo otra vez palabras y caminos
y contigo regresan la brisa y las estrellas.
Regresan las campanas y los pájaros,
me devuelves la música, el murmullo
de los ríos lejanos,
la claridad del monte,
la perfecta verdad de que te amo.
Maruja Vieira
Para ti no hay tiempo
ni tiene oscuros límites la tierra.
Siempre vuelves.
Y siempre estoy aquí, esperando tus manos,
llenándome de sueños como de lluvia un árbol.
No hay nada diferente. Todo es igual y puro
cuando vuelves.
No han pasado los días ni he sufrido. Estoy sola,
con el corazón limpio como una fuente nueva.
Tengo otra vez palabras y caminos
y contigo regresan la brisa y las estrellas.
Regresan las campanas y los pájaros,
me devuelves la música, el murmullo
de los ríos lejanos,
la claridad del monte,
la perfecta verdad de que te amo.
Maruja Vieira
sábado, 1 de febrero de 2014
Criatura Múltiple

Ni siquiera yo sé por qué me vive
la vida, este aluvión de torpes luces
en criaturas reunidas, aguas
que vienen a mezclarse al caudal mío...
¡Soy yo tantas mujeres en mí misma!
¡Están viviendo en mí tantas promesas,
tantas desolaciones y amarguras,
tanta verdad que no me pertenece!
Tengo la vida demasiado ciega
con recuerdos -¿de dónde?- que me agobian,
con nostalgias profundas -¿de qué cimas?-
¡Y mi voz, viene a veces tan lejos!
¿Qué estéril hembra honda me recorre
esta heredad vital que soy, gritando?
¿Qué mujer oscurísima y humilde
dispone en mí este sol para el consuelo?
¿Qué caminante altísima se cansa
de poblarse en la luz hacia la sombra
y se acoge al origen, a mi orilla,
junto a los dulces animales vivos?
¿Vengo de raza de mujeres tristes,
con todas las tristezas silenciadas,
o que callaron el susurro exacto
del amor, y me empujan a decirlo?
¿Quién me ha ordenado ineludiblemente
hablar con voz ajena a mi silencio,
presintiendo, crecida, o recordando,
existiendo a la vez de tantos modos?
Yo, múltiple, plural, amigos míos,
no soy nada. Soy todo. Soy aquélla
que se quejaba a Dios de no ser río
y ser mar, ser clamor y no palabra,
ser laberinto y no sencilla ruta,
ser colmena y no ser única abeja...
María Beneyto
jueves, 30 de enero de 2014
Sobre Josefa Murillo
Una vez me pregunté por las poetas que escribieron durante el siglo XIX en México. A la ocasión me habían regalado dos antologías de poesía femenina y de Sor Juana al siglo XX había un trecho inmenso carente de nombres, de versos.
Pasó el tiempo y es apenas que estando en Veracruz doy con algunos nombres, uno de ellos, Josefa Murillo.
Josefa Murillo en pocas palabras fue una chingona.
Nació en Tlacotalpán, vivió frente al río Papaloapan, y es por esto que su sobrenombre fue "La alondra del Papaloapan". Nunca abandonó su tierra, esto debido a la fragilidad que la condenaba el asma, si acaso, se cuenta que salió a Orizaba sólo para una visita médica. Sumándose la enfermedad, el ser una mujer de provincia complicó su entrada al mundo de la academia, del cual, se cuenta que estuvo más que deseosa de pertenercer. Josefa se limitó (y esta palabra es engañosa) a sólo leer libros, aprender francés (el momento literario al que pertenece es el romanticismo y la cultura francesa predominaba) y leer a Víctor Hugo en francés, ella solita, sin escuelas, sin maestros.
Su poesía tiene una sabiduría, de la cual, afirman que sólo la gente de campo puede hacerse. Versos donde fluyen árboles, nubes, estrellas y el agua en todas sus formas:
"Mi esperanza de amor se alzó ligera
como esa nube blanca,
flotó un punto en el cielo de la dicha,
y se deshizo en lágrimas."
Los animales también están presentes en su poesía, el ave, sobretodo, representa continuamente la libertad.
CONTRASTE
Sobre los troncos de las encinas,
paran un punto las golondrinas
y alegres notas al viento dan:
¿Por qué así cantan?...¿Qué gozo tienen?...
¡Es porque saben de donde vienen
y a donde van!
En este viaje que llaman vida
cansado el pecho y el alma herida,
tristes cantares al viento doy.
¿Por qué así sufro?...¿Qué penas tengo?...
¡Es porque ignoro de donde vengo
y a donde voy!...
No obstante y frente a tantas palabras tan bellas, quizá las que más me conmueven, son las siguientes por describir de algún modo a Josefa, quien pese a la crueldad de la vida que llevo, entre enfermedad y encierro, escribe:
"No es mísero el destino de las flores
que despedazó el viento..."
Pasó el tiempo y es apenas que estando en Veracruz doy con algunos nombres, uno de ellos, Josefa Murillo.
Josefa Murillo en pocas palabras fue una chingona.
Nació en Tlacotalpán, vivió frente al río Papaloapan, y es por esto que su sobrenombre fue "La alondra del Papaloapan". Nunca abandonó su tierra, esto debido a la fragilidad que la condenaba el asma, si acaso, se cuenta que salió a Orizaba sólo para una visita médica. Sumándose la enfermedad, el ser una mujer de provincia complicó su entrada al mundo de la academia, del cual, se cuenta que estuvo más que deseosa de pertenercer. Josefa se limitó (y esta palabra es engañosa) a sólo leer libros, aprender francés (el momento literario al que pertenece es el romanticismo y la cultura francesa predominaba) y leer a Víctor Hugo en francés, ella solita, sin escuelas, sin maestros.
Su poesía tiene una sabiduría, de la cual, afirman que sólo la gente de campo puede hacerse. Versos donde fluyen árboles, nubes, estrellas y el agua en todas sus formas:
"Mi esperanza de amor se alzó ligera
como esa nube blanca,
flotó un punto en el cielo de la dicha,
y se deshizo en lágrimas."
Los animales también están presentes en su poesía, el ave, sobretodo, representa continuamente la libertad.
CONTRASTE
Sobre los troncos de las encinas,
paran un punto las golondrinas
y alegres notas al viento dan:
¿Por qué así cantan?...¿Qué gozo tienen?...
¡Es porque saben de donde vienen
y a donde van!
En este viaje que llaman vida
cansado el pecho y el alma herida,
tristes cantares al viento doy.
¿Por qué así sufro?...¿Qué penas tengo?...
¡Es porque ignoro de donde vengo
y a donde voy!...
No obstante y frente a tantas palabras tan bellas, quizá las que más me conmueven, son las siguientes por describir de algún modo a Josefa, quien pese a la crueldad de la vida que llevo, entre enfermedad y encierro, escribe:
"No es mísero el destino de las flores
que despedazó el viento..."
miércoles, 15 de enero de 2014
La habitación
Con un espejo
podría ver el cielo.
Con dos o tres, bien situados,
podría ver el sol
inclinándose ante las chimeneas de la noche.
La salida de la luna -la luna misma podría aparecer
en un cuarto espejo, alto,
cerca de la ventana abierta.
Con suficientes espejos adentro
0 incluso afuera de la habitación, con una viga
para sostenerlos, las montañas
y los mares podrían manifestarse.
Entiendo perfectamente
que demasiado seguido podría toparme
con mis ojos -tengo en cuenta
el peligro-
Si los espejos
son bastante grandes, y se disponen
con bravura, puedo mirar
más allá de mi propia mirada.
Con un espejo
¿cuántas estrellas podría ver?
No quiero escaparme, solamente mirar
la celebración de los ritos.
Denise Levertov
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