jueves, 22 de octubre de 2015

Elegía: otro poema de Miguel Guardia




Desde niño aprendí que todas las cosas del mundo
tienen un fin y una causa y un sitio inalterables.
Así lo creyeron mis padres y me lo enseñaron,
y mis abuelos lo creyeron, y yo lo creí.

Nada ha sido modificado desde entonces:
la soledad existe para que hombres y mujeres
sientan el deseo de estar acompañados
y nazca, así, el amor, naturalmente.
Y las tardes fueron hechas para que los recuerdos
se agudicen, y dejen la suave melancolía
del pasado. Porque sólo esto, y no otra cosa,
es, a veces, la felicidad.

Y el poder existe para enseñar a los vencidos
que la mansedumbre es una hermosa virtud
y la humildad y el conformismo timbres de grandeza.

Y si las hojas de los árboles, volando
amarillentas, caen de los árboles en otoño,
sólo es para recordarnos la muerte de un año más.

Y la primavera y la lluvia y el viento
y el deseo de hacer algo grande y maravilloso
y las mariposas y el mar y la miseria
y el ritmo de la sangre y la rebeldía,
todo está hablándonos de un orden perfecto.
Nadie osará romperlo. Nadie lanzará la piedra
que altere la tranquila superficie de la vida.

Porque más sabios que nosotros fueron nuestros padres,
que miraron, con la misma parsimonia,
sus recuerdos felices y la triste desnudez
de los niños ajenos, en las calles;
o el vuelo repentino de las hojas
y el agrietado seno de una madre. Y seco.

Que nadie alce la voz. Que nadie llore.
Que nadie intente conmover a nadie:
escriban los poetas sus cantos de amor,
porque consuelan a quienes no ha sido entregada
una sola palabra de ternura que callar;
den a luz las mujeres, porque –tal vez- de sus hijos
nacerán, algún día, la justicia y el consuelo;
que los hombres melancólicos permanezcan
con las manos dulcemente cruzadas sobre el pecho;
que los mansos inclinen la cabeza,
y que todos aborrezcan el pan de cada día
porque al sudor ya le han mezclado sangre y amargura.

Que todo siga igual, que cada cosa se conserve
en el sitio que le ha marcado la costumbre:
no cometamos el error de ser sentimentales
porque ningún hombre es lo bastante fuerte
para alterar, él solo, los designios.

Pero que por lo menos alguien diga
que no ha muerto del todo la esperanza…

Y yo voy a decirlo. Y que somos una raza noble,
generosa, grande para el dolor y el infortunio.
Y también que cuando tengamos en las manos
el verdadero amor y el odio verdadero
nadie nos detendrá. Nada ni nadie.
Yo, que sólo tengo palabras y un poco de poesía
que poner en ellas; yo, que no sé quién soy,
de dónde he venido; que no quiero el lugar
que sin duda alguna se me tiene asignado,
yo nada más quisiera convertirme,
a cambio de lo que no puedo dar ahora,
en tierra, en pueblo, en aire de las boca
que un día reclamarán justicia; en el nervio
de las manos que un día tomarán justicia,
en el corazón de los hombres que algún día
van a buscar y a conseguir justicia,
cuando llegue el momento.

Yo voy a estar ahí. Yo podré verlo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Tres poemas de Miguel Guardia




NO HAY ENGAÑO

Es fácil, a ratos, creer que cuanto me rodea
permanecerá inmutable conmigo:
seres, cosas, pequeños hechos cotidianos
sobre los que he levantado la certeza
de estar viviendo;
y todo llega a ser, entonces, tan hermoso.

Pero la verdad se desliza traidoramente,
como un soplo de aire frío bajo las ropas;
pero la verdad es que el tiempo me derrumba
y que se hace imposible cualquier engaño:
basta recordarla para percibir claramente
que una pequeña luz se me apaga en los ojos,
y que me llega el inconsolable deseo de quedarme quieto
hasta que todo haya acontecido.

Porque es un hecho triste y necesario
contra el que nada vale amurallar el corazón.




PARA DECIR ADIÓS

I

Cuando el corazón está haciéndose pedazos;
cuando nos morimos un poco más de prisa cada día,
porque a cada día nos olvidan un poco más;
porque hemos dejado de ser algo importante
a los ojos de alguien, para quien, alguna vez,
lo fuimos todo.

Cuando sabemos que eso ya no tiene remedio,
y cuando al estar solos, y a oscuras, nos llega siempre
el sentimiento de la muerte; o cuando nos miran
y pueden creer aún que estamos en paz
porque no conocen nuestros pensamientos.

Como, por ejemplo, ahora.

Regresan a nosotros, como si supieran
que nos es necesario un poco de consuelo:
las viejas y queridas palabras ya olvidadas
-y la vieja soledad y la amargura antigua-
y la vieja poesía que tantas veces detuvo
la caída del mundo sobre nuestros hombros.


II

(¿Por qué tuve que esperar a que se fuera
para soñar con ella?)

¿Por qué nunca aprenderemos
que el sufrimiento empieza al otro día,
y que el castigo de pronunciar ciertas palabras
es una muerte lenta, perpetua, inexorable…

(para llorar por ella)

…porque también las palabras pueden asesinar,
y porque adiós es una palabra vengativa
y porque yo la he pronunciado?
(para llorar por ella)


III

Sólo pude otorgar el sufrimiento,
no la luz, no la paz, no la alegría
del buen amor, ni la esperanza pude.

Las manos cuelgan a los lados, ahora,
como pañuelos estrujados y llenos de lágrimas,
o como dos animales atemorizados.

(¿Por qué le dije adiós?)

¿De qué escribe un poeta
cuando vuelve a sentirse solo y se le cierra el mundo,
cuando le nace el miedo a tanta soledad?

(Que no me diga adiós. No con las manos
que el canto del amor adormeciera;
ni con los ojos apagados diga
adiós a mi ternura; que no sea
su voz la que pronuncie la palabra
que todo lo aniquila, ni florezca
la turbia flor de la nostalgia encima
de la que cultivaba mi tristeza).


IV

Yo no puedo hablar ahora de otros hombres que sufren,
de tantos crímenes cometidos a todas horas
y cuyo solo nombre es manantial del terror.
¿Cómo pensar en el dolor que me rodea
si yo mismo no soy más que una agua quebradiza,
una sombría soledad,
una tristeza amarga doliéndose y llorando?


V

(Que no me diga nunca la palabra
donde el olvido interminable acecha).



SONATA


I
Nadie puede cambiar súbitamente su existencia,
dejar de asistir a su sitio predilecto
y abandonar los objetos que siempre lo han rodeado;
apartarse de las gentes con las que a diario charla
o descubrir que hace tiempo que sus palabras
están delgadas y luidas.
Porque sucede que, a fuerza de hacer siempre lo mismo,
la risa, el odio, el llanto, la tristeza
desaparecen bajo una gruesa capa de polvo;
y objetos y palabras y gentes y lugares
se desvanecen como el color de una tela
que estuvo mucho tiempo bajo los rayos del sol.
Pero un día, de pronto, algo nos golpea
como una piedra en la mitad del pecho
y en el cerebro y en la boca del estómago,
de tal manera que sólo acertamos a mirar
-un instante que luego habrá de parecer eterno-,
estúpidamente un punto en el espacio:
así nos toman las palabras por sorpresa.
Llegan, corren, irrumpen desbaratando todo aquello
que levantábamos entonces para estar tranquilos,
inesperadas. Y tan amadas y tan temidas
como los hijos que nunca hemos dejado nacer
y que toman la vida, sin que sepamos cómo,
de nuestros más queridos y abandonados sueños.
Yo sé que nadie, nunca, ha podido hacerlas callar
cuando vienen a desquitarse del olvido.
Son feroces y crueles enemigas
que golpean hasta sentir los brazos insensibles;
que nos gritan –hasta que se nos llenan los oídos
de angustia y de amargura y de arrepentimiento-,
todo lo que nunca debimos olvidar
sino como la última muerte, verdadera.

II

Y como quien vuelve de un profundo desmayo
y abre despacio los ojos adoloridos;
o como quien sale de una larga convalecencia
y tiene que recuperar sus fuerzas poco a poco,
empezamos a comprender, bajo el implacable
golpeteo de las palabras que renacen:
sólo hemos vivido una interminable mentira
parapetados detrás de frases vacías,
de falsas y soberbias actitudes
con las que hemos pretendido conservar la apariencia
de una vida plena, fructífera y equilibrada;
hemos dejado que la poesía cotidiana pase,
como si no fuera un huracán lleno de ira,
sin permitir que nos agite ni un cabello,
y sin dejar que deje en nuestras ropas
ni una brizna de polvo, ni una gota de lluvia,
ni un pedazo de pétalo pudriéndose.

III

Empezamos a comprender:
que amor no es solamente apego a una costumbre,
deseos de acariciar una piel suave o de sentir
que hay alguien que nos acompaña para siempre;
sino también la necesidad imperiosa
de ver por todos los demás, y de tender la mano
para ofrecer el pan y la esperanza.
Y que la libertad no puede seguir siendo
nuestro derecho a ser indiferentes.
Que hemos vivido culpablemente limpios.


Que patria no significan el lugar en que reposan
nuestros mayores, ni el sórdido fragmento de tierra
en que hemos asentado una mesa y un lecho;
que la patria es una ola de miseria y de llanto,
un alarido abierto, un borbotón de sangre,
una oscura corriente sin camino.

Que es necesario arrancarnos el corazón,
limpiarlo de telarañas y lavarlo y bruñirlo
y empuñarlo, como una espada vengativa.
Y no dormir de noche ni de día.
Y ya no hablar con voz pausada y tolerante
sino a gritos y a golpes de amargura.

Y que vamos a llenarnos de horror hasta los codos.

domingo, 11 de octubre de 2015

Un poema de Esther Seligson







DÍAS DE POLVO

I


A gente entende pouco do semelhante. Cada um 
de nos é un enigma que a maior parte das vezes fica 
por decifrar.


Miguel Torga


Estás tan lejos me dicen tan sola
y respondo nunca lo suficiente
nunca lo bastante lejos la soledad
siempre hay quien la interrumpe el teléfono
el cartero vecinos y esa necia costumbre
de procurarse víveres no nunca lo bastante
sola lo suficientemente lejos transijo
pago cuentas hago fila en el correo
saludo sonrío tampoco el mar que me acompaña
está solo cuántos veleros barcos lanchas
guardacostas lo ocupan

A veces nos salamos el mar y yo
muy de mañana en un llanto mutuo
remojo los pies en su espuma fría
y escucho la risa de Adrián que se revuelca
me digo entonces que aún estoy cerca
demasiado cerca
que me ha anclado el dolor a la orila
a este cuerpo nunca suficientemente solo
ligero lejano
ay tan presente

lunes, 21 de septiembre de 2015

Rosario Castellanos: intensa



Escribo porque yo, un día, adolescente,

me incliné ante un espejo y no había nadie.

Siete poemas renales de Jorge Torres Ulloa

En la literatura chilena se ha dado el caso de libros escritos durante la decadencia, uno de ellos, quizá el más conocido, sería Diario de muerte de Enrique Lihn. No obstante, existen varios otros títulos como Veneno de escorpión azul. Diario de vida y muerte de Gonzálo Millán, El cumpleaños de mi sombra de Luis Vulliamy y el que ha captado por completo mi atención, al ser también una enferma renal, Poemas renales de Jorge Torres Ulloa.

Jorge Torres Ulloa fue un enfermo de IRC durante gran parte de su vida, y padeció sobre todo el desgaste de los tratamientos sustitutivos como la hemodiálisis, pocos años antes de su muerte, fue transplantado, lo que le permitió vivir un poco más. Su figura en la literatura chilena, y retomando un poco lo que menciono arriba, ha sido un tanto olvidada, Iván Carrasco, atribuye este olvido en parte al voluntario alejamiento por parte del autor de los distintos círculos de crítica.

Para saber más de Jorge Torres Ulloa, pueden acceder a la siguiente página, donde encontraran algunos ensayos, poesía inédita y artículos que analizan su obra.



SUELTOS DE TESTAMENTARIA Y EXPRESIÓN DE DESEO


Los órganos de mi cuerpo
por este acto dono
(incluyo el que, a su vez donado,
me permite hoy pergeñar aún
algo de estos aires).
¡Allá la ciencia que escoja!

Cirujano o legista,
bisturí o escalpelo. Da lo mismo.

Regalo mis gestos, todos los hábitos, este
amor incipiente que se derrama.

¿Y qué de mi identidad?
¿Qué hay con mi identidad?
Declaro sin esbozos ante notarios,
cualquier ministro de fe:
allí van mis huellas dactilares, plantares,
mi impronta,
los pabellones de mis orejas, dono.

Por acá mi dentadura, sus vetas
auríferas y plúmbeas,
toda la osamenta obsequio.

¿Quién tiene sed de mi tuétano?

¿Mi DNA, a quién?

Dono mi nombre
Dono mi nombre,
Mi nombre también dono.
¿Desea alguien servirse de mi nombre?

¿Testaferro de quien quiere ser mi nombre?

¡Qué más me gustaría ser
sino testaferro de Dios!



EL ASILADO

Asido sólo al lecho
dolido el cuerpo que padece
Dios habita en mi miedo
yo que moro en su misterio.

Mi muerte en lontananza
guiña su ojo vacuo.


UNO MÁS UNO ES UNO

Hermano,
descargas de la lumbar
región la víscera
y me la quedo.
Sangran nuestros costados
ahora que somos uno.



NOCTURNO

Si cada día tiene su afán,
te pregunto, Dios,
¿cuál es el de la noche?



TUVE A DIOS

Tuve a Dios en mis manos, 
De ambas
                  manco he quedado.

Entre ceja y ceja, lo tuve
          bizco
estoy desde entonces.


STATUS DE NÁUFRAGO

Cuando víctimas todos del mismo naufragio
Vosotros,
los que moristeis de muerte total
Vosotros,
contumaces
ya no sois más mis compañeros deste juego.
Bien lo sabíais;
tratábase de una cuestión de palabras
(y de su fe irrenunciables en ellas).
Eso sí,
de mixtura y proporción exacta.
Ustedes,
los ufanos verborreicos
no bastáronles el desangre de esos días
en que campeaba la anemia
tanto y tan perniciosa.
Desatendisteis las palabras que importaban
dandoos con gula al festín parlante.
(Dilema de facultativos el atender
las veleidades de la semiología).
Recordaréis a las blancas susurrantes diciéndoos:
¡No le escuchéis!
¡Haced oídos sordos!

Guardia de mi propia vigilia
que es donde mora mi cordura
y este desvarío mío se consuela,
Os dije:
              ¡Utilizad las palabras adecuadas!
              ¡No os desgastéis en las vacuas!
              ¡Utilizad las palabras pertinentes!

Pero, nada.
Bien sabíais que no se trataba de exorcismos ni taumaturgias.
Sólo alimentar el verbo.



SIMPLEMENTE ALIMENTAR EL VERBO

Se explicarán ahora mis frecuentes ataques de mudez,
una cierta lentitud en el hablar:
Buscaba la precisión del adjetivo.

La conjugación cabal.
y ahora,
que ya no sois más mis compañeros deste juego
junto a tácita convicción
                     yazgo
distrayéndome en nuevos ocios,
mementando vuestras vocinglerías:

                     YO

el dialítico
                  el dialéctico

especulando qué hacer
para cuando la barca de Caronte zozobre y
aferrado a la mísera condición destas palabras,
mantener el exiguo
                       status de náufrago
para, socorrido por las potestades, tener
libre acceso a la vastedad de todas esas playas.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Enriqueta Ochoa y Xalapa (Segunda Parte)

Distintos poemas de Enriqueta podrían hacernos pensar en Xalapa, pero son dos poemas en específico donde ella habló de esta ciudad, de estridentópolis, ciudad que ha marcado a otros poetas como Porfirio Barba Jacob, quien escribió su Nocturno de Jalapa. 

Otro poema que tiene imágenes que remiten un poco a Xalapa, pero que no incluiré aquí ya que sólo algunas partes parecen remitir a esta ciudad, es uno que dedicó a Jorge Lobillo poco antes de su muerte y es posible leerlo AQUÍ. Otro poema, en el que, quizá es un poco aventurado decir que recuerda a Xalapa por las imágenes con que construye al amado, sería "Perfecto mío, señor de los potreros".

Los primeros "Cuadros de Jalapa..." fueron publicados en 1975, de acuerdo con la última antología del total de la obra de Enriqueta; por su parte, estos "Nuevos Cuadros de Jalapa bajo la lluvia" fueron publicados por primera vez en 1984 en Bajo el oro pequeño de los trigos.

Con este segundo poema doy por terminada esta brevísima reunión de poemas. 

Fotografía tomada de la revista Alforja, no. 39.


NUEVOS CUADROS DE JALAPA BAJO LA LLUVIA

Para Jorge Lobillo




Desde el puente de Xalitic
qué traslucido el viento
bajo el vaho lechoso de la niebla
que se desprendía de los jinicuiles,
mientras el agua oscurecía
las baldosas de los callejones,
culebras de luz
por donde escurrían cuesta abajo,
los hilos de la lluvia.

II

El potro de la noche cabalgaba
con las crines al viento,
con los ijares mojados de chapotear en la luna.
Sus cascos enfebrecidos
hundían a los astros tiernos
en el césped del espacio
y los hacían caer en millones de estrías
sobre los adoquines mojados del patio.
Pertinaz,
la lluvia seguía
con su voz de vidrio desmoronado.

III

Allá fue el amor.
Empapados de lluvia
entraban los días por la ventana
exhalando frescura,
sacudiendo su ramaje recién lavado.
Allá fue el amor.
Se nos iba la fuerza en cada roce de piel,
derretidos los huesos hasta el gemido
abierto como un ¡ay! de luz
que se disparaba desde el centro mismo de la vida.
Nunca quise encerrarlo
bajo el candado cotidiano de la pertenencia,
por temor de que me lo saqueara,
brutalmente, el tiempo.


IV

Deshojada en cristales leves,
se quedaba Jalapa
desparramándose en el viento
con ojos de eternidad.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Enriqueta Ochoa y Xalapa (Primera parte)

Xalapa o Jalapa, para Enriqueta es más común escribir Jalapa con jota. Esta pequeña ciudad marcó a la poeta en más de un sentido. De acuerdo con Jorge Lobillo, Enriqueta llegó a Xalapa por la década de los sesenta el siglo pasado, venía divorciada y traía a su hija de tres años consigo y además dos desiertos clavados en el cuerpo: el de torreón y el de marruecos.  Por otra parte, la crítica ha hermanado a Enriqueta con poetas como Anna Ajmátova, en tanto que parece atemporal, y como Emily Dickinson, en tanto que ambas poetas abonan una poesía desgarrada.

De su paso por la capital de Veracruz hay más de un poema que busca retratar lo que fue Jalapa para ella, ya que, la arquitectura real de una ciudad, es casi siempre, la que quedó en nuestros recuerdos.



CUADROS DE JALAPA BAJO LA LLUVIA

I

Jalapa es una mujer redonda, menudita,
mitad misterio de retrato antiguo
y mitad sibarita.
Tiene un ojo sedoso en sus haberes,
en él penetra el tiempo, allí se pierde;
y exhala por las grietas verdes
su fragancia de olvido entre la hierba.
Un constante alud de espigas de humo
golpea sus tejados;
intangible, bañada de luz tierna,
apenas si respira.
El asma la sofoca cuando un brazo de tufo neblinoso
se desliza en su piel, se la queda bebiendo,
y una no sabe nunca
si la ha desdibujado el viento,
o se ha quedado en algún rincón, desfallecida.

II

Jalapa fue el varón
que equilibró el vaivén de mis temperaturas.
Yo lo amé hasta la médula misma de los días.
Tenía una caoba en llamas
bajándole desde el cerco  de sus ojos de ciervo,
hasta la sed de mi cintura.
Nunca mejor jinete cabalgó en las llanuras,
nunca la rueca hiló mejor el misterio de su música.
Yo me asomaba al fondo de mi hambre
para medir su piel,
y era un bosque en incendio
el canela de luz que sostenía su columna.

III

Llegué a tientas, con los ojos quemados
-pájaro de ceniza en desbandada-,
Jalapa fue ese mechón ardiendo
que cauterizó el gemido; 
ese huésped que entró a iluminar la sombra,
ordenándome el verbo y el verano.
En el ojo del tiempo pulsé el silencio
y vi crecer los brotes de luz
en la alta locura de jóvenes hermanos,
buceadores de la eternidad,
que volvían de su viaje
con las manos cargadas por los frutos del sol.
Con ellos compartí la sal y el viento,
y la veta de oro en las minas del oficio.

IV

Amanecía Jalapa con el sol tirado
entre los cristales verdes
de una cuchilla de agua.
A bocanadas se aspiraba la hermosura...
Y yo me quitaba hasta el guante que nos protege el corazón
para que resguardaran los demás el suyo.
La palabra amigo ocupaba todos los patios de mi alma.


V

Agazapado, desde su hendidura,
el desastre acechaba.
Un batir de alas ennegreció el espacio;
un golpe seco de piedra,
un oscuro desorden
desparramó en astillas mi ventana de astros.
Allí me aferré con uñas y con dientes
a la deshojazón del remolino
que me fue revolcado en su carrera.
Algunos velaron junto de mí la noche;
los otros, desmembraron mi nombre,
me sajaron en vivo,
hasta que aullando de dolor
se despeñó al invierno
esa conciencia de ser, crecer en uno mismo.
Desde entonces partí,
ahíto el pecho de una pena voraz
que aún respira.


VI
Jalapa fue algo más de lo que dije.
Bajo la piel me traje su aroma de humedad,
el rumor de la vida
atravesando la enramada lila de jacarandas y araucarias,
para entrar por la ventana abierta
en la infancia de mi hija,
y acariciar su mundo de cristal.
El deslumbramiento del polen
preñando de sol
parques y pájaros en el centro de la primavera.
Y este amor rebasando todas las orillas.
Es que yo los amé, los he amado, los amo todavía
a pesar de las coces del destierro,
y he deseado morir para olvidar,
para evitar que me derrumbe el golpe
de este sueño de muerte.
Algo más que la piel y sus contornos
me traje de aquel lugar,
por eso me he sentado esta noche
a morderme los puños que saben a soledad,
a bestia herida,
y a vientre de mujer embarazada de nostalgia marchita.




Besé a una feminista una vez




"Besé a una feminista una vez",
dice con la cara enrojecida y con manchas,
con algo pesado descansando en sus hombros, quizá.
"Besé a una feminista una vez"
dice  y todos ríen.
"Ella era fría como el hielo"
dice sin mencionar cómo me calenté
entre sus manos
y ardí como ascuas
hasta reducir su cama en fuego y cenizas.
"Dios, ella era cruel"
dice pero no ha olvidado la vez
que le dije que fuera bueno consigo mismo,
que purgara el veneno que había en sus venas
y arañara el humo en sus pulmones
"Te amo, Te amo, Te amo" dije,
"por favor, ámate también".
"Besé a una feminista una vez"
dice a carcajadas, con un codo en su costado,
él no dice "sus labios fueron la cosa más
suave que ha rozado mi clavícula",
él no dice "ella reprodujo canciones en mi mente",
o "ella me arropó como una cobija",
o "sus dientes en mi lóbulo me abrieron
y me dejaron disperso en las sábanas de su cama doble",
él no dice "yo amé a ese tormento de chica,
amé su pesadez a las cuatro de la mañana,
la amé como las monedas en el fondo de una fuente,
como memorizadas pecas,
la amé como la percepción profunda,
como pulgares opuestos,
La amé, La amé, La amé"
En lugar de eso, él retira
ese algo pesado de sus hombros, 
y también retira de su pecho
el tacto de mis labios  y dice
"De cualquier modo, ella fue una perra enferma".

Lily Cigale






domingo, 2 de agosto de 2015

El retorno



Hoy para hablarte me he quedado solo;
cerré para estar solo todas las ventanas,
el ojo alegre de las cerraduras
y los libros y las puertas. Y todo lo he cerrado.
Nomás los labios no, ni estas atormentadas
palabras que irán naciendo de mis labios a oscuras.
Es muy verdad que yo hubiera querido hablarte,
como antaño, del amor y las cosas que nos unen;
hubiera querido decirte largamente
que te quiero, que me gusta que me sigan tus ojos,
que no hay suavidad como la de tus manos,
pero hace afuera un aire erizado de gritos,
¿comprendes?,
pero algo trágico está sucediendo allá afuera,
y yo no lo sabía.
Mira: sólo el amor no basta;
tampoco basta con querer que nuestros hijos
sean los más hermosos o los más inteligentes,
porque ahora sé que en ellos le daremos al mundo,
únicamente, más carne para el dolor,
otro recinto de amarguras,
otra enturbiada fuente de lamentos;
ni siquiera bastaría que tú y yo y nuestros hijos
fuéramos a detener a todos los que pasan,
para preguntarles, con un gesto amistoso,
por qué están desesperados, por qué gritan así,
por qué llevan la vida como la más estúpida,
la más innoble o la más feroz de las tareas.
Nadie me escucharía, ¿sabes?,
creo que nadie nos escucharía.
Y tendrías también que sentir lo que yo, ahora:
aquí encerrado tengo la certeza
de que si cogiera el teléfono y llamara,
y llamara, y llamara hasta morir de sed y hambre,
todos los números contestarían ocupados.
Podría también abrir las ventanas y gritar;
gritar por la mañana, por la tarde, por la noche;
aullar, gritar hasta que todo el mundo se despertara
destrozarme gritando y gritarles y gritarles.
Pero para hacer eso es necesario ser heroico,
y yo no soy más que un hombre con el corazón desgarrado
y convencido de que ya no existen los héroes,
de que nadie mueve un dedo para salvar a nadie:
todos están cuidando sus pedazos de pan duro,
cepillando con agua su único traje
para evitar que se vea pardo,
pensando en una hermosa mujer que se entregara gratis.
Los héroes…
(Cuando llegues a estas dos últimas palabras, los héroes,
te ruego que las digas con una voz cuidadosa,
como si anunciaras a alguien la muerte de sus padres).
Ya no hay héroes, ¿me oyes?, ya no hay héroes:
todos asisten diariamente a una oficina
y son buenos empleados y trabajadores;
todos están casados y tienen hijos innumerables,
y acostumbran a hacer un paseo dominical,
provistos de bolsas en las que hay tortas y refrescos.
Corren un poco entonces y golpean una pelota
o tratan de subirse a un árbol inclinado y pequeño
para demostrarse que aún siguen siendo los mismos.
Luego comen, hablan sabiamente del aire puro,
satisfechos de su existencia reposada y cómoda,
y regresa a sus casas y se duermen tranquilos,
tras poner su dentadura en un vaso con agua.
Y yo no sabía nada de esto y estaba mudo,
y me levantaba contento en las mañanas
y hablaba de amor y de nostalgia, como lo más hermoso
y lo más terrible que puede sucederle a un hombre.
Se aprenden, sin embargo, palabras oscuras,
y cambian de sentido nuestras viejas palabras.
Si ellos quisieran mirar a su alrededor,
si ellos quisieran mirar a su alrededor, y ver,
y si ellos vieran que el mundo ya no es sencillo,
si por lo menos sintieran algo del dolor del mundo,
si se conmovieran, por lo menos, con un verso sencillo,
si un odio simple les partiera el alma,
su pecho no sonaría más como un ataúd:
sabrían que las sirenas de las ambulancias
aúllan, como mujeres enloquecidas, al olor de la sangre;
que hay niños que se quejan suavemente,
como si cantaran una antigua canción,
porque se están muriendo sin que nadie lo sepa;
que hay gemidos y palabras entrecortadas
brotando de zaguanes oscuros, de cuartos de hotel,
de estrechos callejones donde el hombre se refugia;
del quejido impotente y opaco y terroso
de los que caen diariamente bajo la violencia;
del odio de los que roban por vez primera
porque ya nada tienen que pueda serles robado;
que hay cantos lúgubres en las iglesias
y coros aterrorizados en los hospitales;
conocerían el zumbido plomizo del silencio
de los que ya aprendieron que todo es inútil
y quizá entonces cada uno tomara su corazón
henchido, inflado, hinchado por la ira
y por el llanto y la desesperanza,
y lo arrojara desde su turbia torre de marfil,
como semilla grande para el florecer del héroe;
para alfombrar de púrpura valerosa el camino
que haya de pisar mañana el héroe verdadero.
El que lleva en las sienes una corona de espigas
y en el pecho un corazón de pan tranquilo y vigoroso.
Compréndeme ahora: se engañan quienes creen
que sólo ante un lecho de muerte uno se despide,
para siempre, de todo aquello que le es querido:
estoy vivo, y estás viva, y existe la esperanza,
pero tengo que despedirme de estas palabras mías
que no gritaré jamás, porque sólo soy un hombre.
Pero ojalá llegue alguien que las arroje al aire:
ya sé que muchas serán arrastradas por el viento,
entonces, y que algunas caerán sobre las azoteas
y que lentamente irá secándolas el sol
y pudriéndolas la lluvia;
que otras quedarán sobre el asfalto de las calles
y que serán comida de los perros,
pero que una, la más limpia y serena de todas,
acunará la infancia del que estamos esperando.
Eso era todo lo que quería decirte.
Ahora voy a salir de nuevo a la calle:
deséame la mejor suerte,
y que tenga la fuerza de voluntad necesaria
para no dejarme acobardar, como ellos.

Miguel Guardia