domingo, 6 de diciembre de 2015
Antes del final
Estoy solo.
Quiero escribir todas las páginas del mundo
leer la cifra secreta oculta en el agua primordial
cantar el canto nuevo de la nueva humanidad/
cantar sin tiempo un canto de lluvia y empaparme la cara
y la sangre de agua fresca/ del agua clara que baja de la cima.
Y me pregunto: ¿por eso estoy aquí?
en medio del desierto rodeado de gente que no conozco.
¿Conozco esta gente? ¿me rodea y me habla a mí? a quiénes hablan?
Quiero decir estos poemas con la voz de un pájaro y el zarpazo de un tigre.
¿Qué son estos poemas? ¿qué es eso que llaman la poesía?
Clasificar el mundo y sus objetos
y ponerle número a cada cosa es la religión de los tiempos.
Una legión de fanáticos camina detrás de los objetos.
El arte es el opio de los pueblos dicen los nuevos pastores
¿existe el arte? ¿el pueblo?
¿dónde están los pastores de este inmenso rebaño de ovejas?
¿Por qué estoy aquí? ¿por qué aquí y no allá?
allá donde el sol broncea el cuerpo de felinas mujeres
o más allá/ donde el hombre inventa distintas muertes cada día/ todos los días.
Estoy solo/ busco amor.
Quiero ser el amado.
¿Me alcanzará?
¿Me alcanza esta soledad para escribir el poema total?/
ese aleph/ ese inalcanzable.
¿O el amor y el deseo de una dulce obrera del mercado
es el fin de todas mis utopías?
naranjas papas y manzanas en sus manos sucias y sus jugos en mi cuerpo
y sus ojos admirando mi palabra/ mis sombras / mis castillos de humo.
¿Para qué nacer amar desamar y morir? ¿para qué Dios de los vencidos?
dime Dios ¿para qué?
Quiero ser el amado/ el bienamado/ el más amado.
¿Y el paraíso terrenal/ la revolución/ la súper hembra/ el gran polvo?
y buscarte en lo alto/ más alto que los fatuos cielos.
¿dónde estás padre?
¿Y los hombres/ la libertad/ los ideales supremos/ la loca utopía...?
¿Qué hago acá en este punto infinitesimal del cosmos
intentando trascender con palabras demasiado gastadas?
¿Y los hijos? ¿y esta sangre que me sucede como revolución ansiada?
Hombre que inventa religiones / mecanismos/ discursos/ fantasmagorías
¿por qué y para qué el poema? ¿dónde la poesía?
¿ese arco tensado entre dos estrellas ilusorias?
¿dónde la flecha que atraviesa esta eternidad de instantes?
la poesía: esa oscuridad/ luz / pensamientos/ genio encerrado en una botella/ todo y
nada.
¿Detendrá mi palabra algún día la bala del suicida o el asesino?
¿es necesario el poema/ el poeta/ el inventado/ para detener esa bala?
¿justificará ese instante el poema?
¿la miseria del mundo/ el hambre/ la muerte sin sentido?
Estoy solo/ sin padres/ sin hijos/ sin amada en medio de la noche cósmica.
Estoy temblando.
Voy a morir.
¡Pero antes voy a salvarme!
¡Antes escribiré el poema que frenará la bala
de la infinita tristeza del hombre!
Aldo Luis Novelli
jueves, 26 de noviembre de 2015
Las palabras del soldado
El soldado dice que él también
podría escribir poemas
si quisiera
no entiende que
en el Imperio que él defiende
la poesía es alta traición
y que las palabras para su pluma
no se las entrega el ejército.
Él no las vio
volar
el vuelo atolondrado
de las golondrinas de Bagdad
ensordecidas con las explosiones.
No las sintió
temblar
en labios del bebé
que nació por cesárea
en vísperas de la guerra
para huir en brazos de su madre
de la ciudad amenazada.
No las sintió
atragantarse
en la garganta del niño
que imploró
agua, Mister
por favor, Mister, agua
cuando los soldados invadieron su aldea
No las ha oído
aullar
cuando un hombre ve a sus hijos
estallar en añicos frente a sus ojos
ni gemir
cuando un niño pierde sus dos brazos
y a todos sus hermanos.
El soldado no sabe
que las palabras de los poemas
maldicen
cuando una mosca aterriza
sobre la cara de un niño moribundo
vomitan
con el hedor de la muerte
de un hospital saqueado.
No sabe
que guardan silencio
cuando un soldado
se sienta en un camino de tierra,
con un pequeño cuerpo entre los brazos.
Lilvia Soto
martes, 24 de noviembre de 2015
Dos poemas de Gladys Carmagnola
Me pregunto
por qué este arar poemas
con tanta falta que hace arar
–con idéntico amor, con igual entusiasmo– en las capueras.
¿Quizá porque me nutro de los frutos
de esta siembra?
En realidad no importa
ignorar la respuesta
mientras haya quien pueda alimentarse
de la cosecha.
Igual que en las capueras, 1989.
¿CREES EN LA POESÍA DISFRAZADA DE LUZ…?
¿Crees en la poesía disfrazada de luz,
de primavera, flores sin espinas
que desde un pedestal –mármol o lodo–
nos recrimina?
No contestes aún, hermano. Escúchame:
Yo creo en la poesía
que al mostrarnos la luz,
con ella nos envuelve e ilumina;
la que de los crepúsculos y sombras
jamás se olvida;
la que en flores y aromas nos embriaga,
y nos pincha.
Creo
en el supremo don de la poesía
que nace sin amarras y sin ídolos;
que llama a nuestra puerta como una leal amiga,
que entra en nuestro hogar,
se sienta a nuestro lado en cualquier silla
a compartir el pan
que nos legó el afán de cada día
si queda aún; si no,
se hace pan ella misma.
Creo
en esa poesía
que vive con nosotros y dialoga
con palabras excelsas o sencillas:
poesía que consuela,
poesía que alimenta y acaricia,
poesía que sacude y acompaña
en la desesperanza o la alegría.
Creo, por sobre todo, en la palabra
que guarda entre sus sílabas
lo que no por razones idiomáticas
obligatoriamente se mutila.
Sí. Creo desde hace tiempo
en la entrelínea
–la que, para nosotros, de la muerte
arranca, y nos lo entrega, un retazo de vida–.
Ahora que me entiendes puedo oírte:
Hermano: ¿Crees en la poesía?
¿Crees en la poesía disfrazada de luz,
de primavera, flores sin espinas
que desde un pedestal –mármol o lodo–
nos recrimina?
No contestes aún, hermano. Escúchame:
Yo creo en la poesía
que al mostrarnos la luz,
con ella nos envuelve e ilumina;
la que de los crepúsculos y sombras
jamás se olvida;
la que en flores y aromas nos embriaga,
y nos pincha.
Creo
en el supremo don de la poesía
que nace sin amarras y sin ídolos;
que llama a nuestra puerta como una leal amiga,
que entra en nuestro hogar,
se sienta a nuestro lado en cualquier silla
a compartir el pan
que nos legó el afán de cada día
si queda aún; si no,
se hace pan ella misma.
Creo
en esa poesía
que vive con nosotros y dialoga
con palabras excelsas o sencillas:
poesía que consuela,
poesía que alimenta y acaricia,
poesía que sacude y acompaña
en la desesperanza o la alegría.
Creo, por sobre todo, en la palabra
que guarda entre sus sílabas
lo que no por razones idiomáticas
obligatoriamente se mutila.
Sí. Creo desde hace tiempo
en la entrelínea
–la que, para nosotros, de la muerte
arranca, y nos lo entrega, un retazo de vida–.
Ahora que me entiendes puedo oírte:
Hermano: ¿Crees en la poesía?
Igual que en las capueras, 1989.
jueves, 12 de noviembre de 2015
Un poema de navidad para Alaíde Foppa
I
Aquí estamos sentados mudos y llorosos
esperando que aparezcas sabiendo
que probablemente no te volveremos a ver
hojeando los periódicos en busca de noticias
vemos tus fotos viejas
¡qué hermosa eras! pensamos
(yo no sabía que fueras tan hermosa)
son fotos tomadas hace muchos años
en que ya se mezclaba
la profundidad y la tristeza
a una belleza femenina
inusitada
espléndida
una belleza que luego se fue añejando
dulcemente
cada vez más borrosa
más tierna y confidente menos esquemática
como la orla de las olas en la arena
cada vez más eterna
las balas comienzan ya a rozarnos la piel aunque vengan de lejos
y todos notamos que hablamos de ti en tiempo pasado
y nos corregimos mordiéndonos la lengua
y buscamos tu rostro en el espejo
II
pero en el espejo no encontramos tu rostro
porque no vemos nunca otra cara que la nuestra
o la cara que se nos asemeja
o quisiéramos tener
no hay otro rostro nunca en el espejo
es un sólo rostro el que con tal detenimiento
examinamos siempre en el espejo
en el espejo de los otros rostros
encima de los hombros
de la bufanda del collar de perlas
del cuello de tortuga
la corbata
o el brassière
nunca encontramos más que un solo rostro
el nuestro
ese es el que nos falta cuando falta el tuyo
pero hay muchos otros rostros muchos muchos
III
el chofer de tu madre secuestrado contigo tenía un rostro
¿tiene? ¿tenía?
¿lo habríamos visto aún teniéndolo en frente?
nadie mira a los choferes
a las secretarias que sonríen mecánicas
encima de la máquina
respondiendo a sonrisas mecánicas
de personas que jamás las miran
cuando les hablan
o si acaso las miran no las ven
secretarias choferes dependientes cajeras
tanta gente sin rostro en cuyos ojos
jamás nos buscaríamos
a quienes sólo vemos como esquemas
corteses buenos días dudosas caravanas
lento trabajo y tedio
que sólo alivia
un radio de mal gusto
que nos molesta
para encontrar tu rostro Alaíde
habrá que buscar también los otros
innumerables rostros
que nos faltan
IV
porque sabemos
que no sólo es tu rostro el que falta en el espejo
el conocido
o el desconocido u olvidado
ni sólo el rostro del chofer de tu madre a quien raptaron contigo
y que habrá corrido la misma o peor suerte
a manos de los militares
en Guatemala
son muchos muchos rostros
los que faltan
son tres o cuatro ocho diez o veinte diarios
y cada rostro que falta en algún espejo
es esperado diariamente
como esperamos el tuyo
y mientras no aparezcan
en el espejo
seguirá faltando tu rostro
y el nuestro.
V
había en Londres un chiquillo de diecisiete años
que es la edad de mi hijo
y te nía por coincidencia el mismo nombre de mi hijo
era un joven exiliado que había logrado huir de Guatemala
después del asesinato de su padre
durante unos meses
se había hecho cargo de él un amigo del padre
hasta que también a él lo asesinaron
fue difícil sacar de Guatemala a este muchacho
porque el gobierno había logrado congelar su seguro de vida
y no había dinero para su pasaje
ni seguridad de que lo dejaran irse
pero por fin salió
y vivía solo en Londres
aprendiendo a respirar de nuevo
y pensando en su madre y en su hermana
luego su hermana de quince años
comenzó a recibir cartas amenazantes
en que se ofrecía matarla poco a poco
con gran refinamiento
y hablando de lo agradable que sería
jugar con ese cuerpecito
el autor de las cartas (¿los autores?)
se relamía de gusto
tal es la gente que gobierna Guatemala
y ahora también la hermana está exiliada en Londres
y en esta Navidad los dos tiemblan por la madre
¡y son de los afortunados!
¡de los que tienen forma de obtener
dinero para el viaje
y escapan con la vida!
VI
la Navidad de pronto es esta búsqueda
de todos esos rostros
Alaíde
el tuyo conocido
el otro tuyo
que jamás conocimos
el que tú misma tal vez no llegaste a conocer
no sabías que tenías
el de tantos todos entrañables que de pronto faltaron
dejaron de asomarse al espejo de la vida diaria
al espejo de los ojos que mirarían por la mañana
encima de la almohada
encima del café
del escritorio
frente a frente
por las calles
rostros a veces vistos
y a veces ignorados
pero siempre reales para alguien
indispensables
aunque sea para la diaria rutina
o la amarga ternura
la charla ya automática
o la mirada a fondo
que de pronto recupera en el espejo de esos ojos ajenos
el propio rostro largo tiempo esperado
todos esos rostros también nos hacen falta como el tuyo
los seguimos esperando
seguiremos
hasta que algún día sus ojos
se asomen a los nuestros
y nos reconozcan.
ISABEL FRAIRE
domingo, 8 de noviembre de 2015
27
Siempre ha sido mérito del poeta
comprender las cosas; sacar las cosas,
como por milagro, de la impura
corriente en que pasan confundidas,
y hacerlas insignes, irrebatibles
frente a la ceguera de los que miran.
Por ejemplo: todos nos sentimos
mordidos por algo, desgastados
por innumerables bocas sin fondo;
algo sin sentido que nos deshace.
Preguntamos. Nadie responde.
Pero hay alguien: saca la cara negra
sobre la corriente de su río
de renglones cortos,
respira y nos dice: "¿Qué es nuestra vida
más que un breve día?", y entonces,
tocados de golpe, comprendemos:
sabemos que somos heno, verduras
de las eras, agua para la muerte.
Y no sólo el tiempo: los poetas
nos han enseñado la amargura,
el placer, el gozo de estar libres,
y el viento y las noches y la esperanza.
¿Qué hago, qué digo, qué estoy haciendo?
Es preciso hablar, es necesario
decir lo que sé, desvergonzarme
y abrir mis papeles chamuscados
en medio de tantas fiestas y gritos.
Y prestar mis ojos, imponerlos
detrás de las máscaras alegres
para que permitan y compadezcan,
y miren y quieran, y descubran
que estamos desnudos, que no tenemos.
Rubén Bonifaz Nuño
lunes, 2 de noviembre de 2015
Un poema de Sharon Olds para mi padre
SU QUIETUD
El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar."
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.
Sharon Olds
viernes, 30 de octubre de 2015
Un poema de Aurora Reyes
TIEMPO QUINTO
Yo vestiré mi muerte de amarillo
con camisa de sal y ojos de uva,
adornaré su pie de cascabeles
y la coronaré de nomeolvides.
Aquí, sobre tu trono de oropeles
y tu mano de larvas y lamentos:
¡Mira a la Vida, mírala de frente!
Calavera de azúcar, dí: ¿Quién eres?
Quiero el sudario de papel de China,
el cadáver del sol hecho pedazos,
un adiós con los pétalos de fuego
y un ídolo de piedra entre los brazos.
De "La máscara desnuda".
martes, 27 de octubre de 2015
La autobiografía temprana de Juan Vicente Melo, un fragmento
Para empezar por el principio: creo en los signos.
Nací el primer día de marzo de 1932. Todos los horóscopos registran que, en ese día, rige el signo de Piscis y los Piscis, dicen -y estoy de acuerdo-, son nefastos, gustan de decir mentiras. Están destinado a oficios diversos y su configuración astral es doble: dos peces que se abrazan en sentido inverso: la cabeza de uno corresponde a la cola del otro y viceversa. Signo de agua, disolución, habitación en las profundidades. Signo de la movilidad, de la inconsistencia. Esconde su verdadero, vulgar nombre en la palabra sánscrita que corresponde a su signo zodiacal que, entre sus diversas significaciones, incluye la del número cinco. Parece ser que se trata del signo de la fusión alquímica de los cuatro elementos tradicionales con el quinto elemento, el éter, de esencia más o menos mágica. En hebreo, la palabra sánscrita significa Agua, lo que nunca permanece quieto la ola. Una de mis hermanas y casi toda la familia de mi madre nacieron bajo el signo de Piscis. Mi hermano menor corresponde a Escorpión, que es afín a Piscis. Mi otra hermana -no recuerdo bien- se satisface entre Sagitario y Capricornio. Mi padre corresponde al signo de Aries, que es contrario a los Piscis. Un buen amigo trazó, en una ocasión generosa, mi horóscopo: "Tu ascendente es Escorpión", dijo, satisfecho, seguro de que esa simple declaración me proporcionaría fuerza para vivir. Mme. Bambi de Gironella, astróloga sagaz, me declaró, irremediablemente, Piscis -Piscis, lo que me convierte otra vez, en víctima de las fuerzas atávicas que me rodean o rigen mi vida. Si lo que dijo Mme. Bambi es cierto, mi vida no tiene remedio.
(Veo la ola, veo el agua tranquila, veo nubes que representan elefantes, veo el cielo, limpio, azul; veo la constante movilidad de las hojas de los árboles y las flores de las jacarandas que inician su temprano, rápido proceso de vivir. Invento el olor del mar y ese olor ha sido correspondencia de un verde o un azul que sólo existen para mí. Veo. Veo e invento).
domingo, 25 de octubre de 2015
A veces se piensa en el mar
Cuando yo pueda andar toda una tarde
por la orilla del mar, cuando yo tenga
dinero para ir al mar, cuando me quite
esa larga pereza de estar aquí en mi casa
derrumbado, arrumbado, derrengado
en la cama entre libros y tristezas,
y acomode mi ropa y suba a un taxi
para ir a la estación del tren, y mire
cómo se van y van casas y casas
de la ciudad, y diga en pensamiento:
me voy al mar…
Cuando yo me decida
a decirme a mí mismo: voy al mar
porque no quiero estar aquí conmigo
entre harapientas, pobres soledades,
se van a incomodar todas las horas
que se habían alojado en los rincones
de este cuarto, a montones, como polvo,
acostumbradas a que nada ocurra
y al olor encerrado día tras día.
Yo sé bien que ellas saben que me he dicho
muchas veces: si yo me decidiera
y por fin fuese al mar…
Y si cerrara suave, quedamente la puerta
de la casa, pensando
que no pienso marcharme para siempre,
con el pulso tranquilo, como cuando
cierro para bajar a comprar más cigarros.
Y si bajara sin prisa la escalera
y no me detuviera y caminara y caminara
y sin sentir llegase a un tren que espera
y me subiera en él y el tren se fuese
a cualquier parte, lejos, y tuviera dinero en el bolsillo y no pensara
en todo lo que dejo aquí pensado.
Si tuviera o tuviese, si pensara
o pensase o pudiera o pudiese…
Yo sé la pena de los subjuntivos
porque tampoco saben ir al mar.
Si yo no odiara el mar, como esos otros
que les gusta ir al mar a broncearse,
a hacerse un poco estatuas de sí mismos
y enamorar al sol a otras estatuas solas.
Pero a mí no me gusta el mar. Yo digo
que me gustan los pueblos tierra adentro
con su campo labrado, con sus yuntas,
sus aperos, sus serios labradores,
y salir yo muy de mañana al campo
a oler el olor bueno de la tierra.
Porque yo soy de un pueblo tierra adentro
y nunca olvida nada el inconsciente,
dicen que dijo Freud, digo que dicen.
Si yo, si yo, si yo, si yo dijera…
sí, sí, podría decir…
(Voy a dormirme un rato, y a ver luego…)
LUIS RIUS
"Qué es lo vivido" de Dolores Castro
I
¿Qué es lo vivido,
en qué poro ha quedado
o en qué ráfaga?
Puente a la oscuridad
o la pendiente veloz
de una sonrisa
que se apaga,
pero también calor
en medio de la sombra,
acomodo
de criaturas que buscan suavemente
su modo de dormir
mientras una ventana
se va cerrando hacia el oriente
y la luz de la tarde
se unta silenciosa.
Todo está bien:
no mintieron los rostros de las cosas,
sólo sabían brillar
en su secreta forma de caer,
sólo sabían decir:
es así, así es,
mientras acrecentaban su caída,
se hacían ovillo,
y en su acomodo hablaban en voz baja
de lo que hubieran querido ser.
Bajo la forma gris de las cenizas
cuántos tonos de rojo,
cuántas lenguas
se quieren desatar
para arder;
cuántas columnas de aire
que gozaron de peso y consistencia
en su día,
sostienen el papel
de seda
para envolver
fantasmas,
que aún tosen suavemente
para no
desaparecer.
II
Nadie diría hacia dónde ni en qué forma.
o en qué ráfaga?
Puente a la oscuridad
o la pendiente veloz
de una sonrisa
que se apaga,
pero también calor
en medio de la sombra,
acomodo
de criaturas que buscan suavemente
su modo de dormir
mientras una ventana
se va cerrando hacia el oriente
y la luz de la tarde
se unta silenciosa.
Todo está bien:
no mintieron los rostros de las cosas,
sólo sabían brillar
en su secreta forma de caer,
sólo sabían decir:
es así, así es,
mientras acrecentaban su caída,
se hacían ovillo,
y en su acomodo hablaban en voz baja
de lo que hubieran querido ser.
Bajo la forma gris de las cenizas
cuántos tonos de rojo,
cuántas lenguas
se quieren desatar
para arder;
cuántas columnas de aire
que gozaron de peso y consistencia
en su día,
sostienen el papel
de seda
para envolver
fantasmas,
que aún tosen suavemente
para no
desaparecer.
II
Nadie diría hacia dónde ni en qué forma.
Nadie ha vuelto. ¿Dónde lanzar la vista,
ciega como lo blanco de los ojos?
Nadie diría hacia dónde ni en qué forma.
Las alas no han nacido. El chasquido de las horas
estremece las sombras y el descanso.
Las madejas de seda del entorno
sólo anuncian lo oscuro:
silencios de crisálida, ciegos y amortiguados.
Es la ronda nocturna, el revolverse sobre el mismo cuerpo
que no tiene respuestas:
las rosadas encías del anciano
ya no pueden morder verdades ácidas
pero en el sueño, pero en la seda y su amortiguadura
los golpes de la vida
pierden brutalidad.
Hay sol, rondan despacio
los astros invisibles.
Atendiendo a los ruidos, hay calor allá afuera.
Como los corazones recién arrebatados a las víctimas
palpita el deseo de vivir,
tórtola gris aún en movimiento
que picotea cenizas en aceras de sueño.
Dar y tomar la vida cada día,
devorar copos ácidos y aún tibios
ahogar los alaridos
transformarlos en tímida
palabra cotidiana.
No atravesar el cielo
para encontrar promesas y dádivas.
Habitar el rincón,
bajo techo, iluminado
con luz artificial:
y gritar y gritar, gritar por dentro
hasta romper el techo y las paredes
y la muralla del pecho
para formar esta hilera de palabras.
ciega como lo blanco de los ojos?
Nadie diría hacia dónde ni en qué forma.
Las alas no han nacido. El chasquido de las horas
estremece las sombras y el descanso.
Las madejas de seda del entorno
sólo anuncian lo oscuro:
silencios de crisálida, ciegos y amortiguados.
Es la ronda nocturna, el revolverse sobre el mismo cuerpo
que no tiene respuestas:
las rosadas encías del anciano
ya no pueden morder verdades ácidas
pero en el sueño, pero en la seda y su amortiguadura
los golpes de la vida
pierden brutalidad.
Hay sol, rondan despacio
los astros invisibles.
Atendiendo a los ruidos, hay calor allá afuera.
Como los corazones recién arrebatados a las víctimas
palpita el deseo de vivir,
tórtola gris aún en movimiento
que picotea cenizas en aceras de sueño.
Dar y tomar la vida cada día,
devorar copos ácidos y aún tibios
ahogar los alaridos
transformarlos en tímida
palabra cotidiana.
No atravesar el cielo
para encontrar promesas y dádivas.
Habitar el rincón,
bajo techo, iluminado
con luz artificial:
y gritar y gritar, gritar por dentro
hasta romper el techo y las paredes
y la muralla del pecho
para formar esta hilera de palabras.
III
¿En dónde está mi sueño
y el pausado resuello de mi pecho?
No se mueve la música
ni avanza entre las olas luminosas.
Se destiemplan los dientes
al morder este fruto de la tierra extranjera.
Fruto de ningún árbol,
de lugar sin perfil.
¿En dónde está mi amor?
¡Aquí, aquí! En medio del no ahora
pero sí.
y el pausado resuello de mi pecho?
No se mueve la música
ni avanza entre las olas luminosas.
Se destiemplan los dientes
al morder este fruto de la tierra extranjera.
Fruto de ningún árbol,
de lugar sin perfil.
¿En dónde está mi amor?
¡Aquí, aquí! En medio del no ahora
pero sí.
IV
Es el mar
que regresa después de huir mil veces.
Son los días y su paso de langosta
que devora el silencio.
Es el mar y los días:
Son las horas de paso redoblado
y las noches fugaces
con sus lunas que crecen y decrecen.
Es el sol cotidiano y sus fulgores;
el cielo de la noche,
donde asoman sus ojos centenarios
muchas estrellas frías.
Soy yo
con una caja resonante
donde guardo preguntas.
que regresa después de huir mil veces.
Son los días y su paso de langosta
que devora el silencio.
Es el mar y los días:
Son las horas de paso redoblado
y las noches fugaces
con sus lunas que crecen y decrecen.
Es el sol cotidiano y sus fulgores;
el cielo de la noche,
donde asoman sus ojos centenarios
muchas estrellas frías.
Soy yo
con una caja resonante
donde guardo preguntas.
V
Es de tarde, la sombra se extiende:
los altos edificios, jaulas de oro,
se levantan al paso: el autobús
sortea un chirrido de frenos y el obstáculo.
Apenas veo. Vamos de pie, y cada uno a solas
en esta multitud.
El camionero hace malabarismos,
cobra el pasaje, pide: ¡Pasen al fondo!
¿Al fondo de qué?
de sus diez horas de trabajo,
mientras bajan y suben las hormigas.
Allá, en las jaulas de oro, los burócratas
del turno vespertino
van tras el humo de sus cigarrillos
fuera de las ventanas.
Ha pasado la hora del café, y del último chiste
subido de color.
Los pálidos del ocio
también miran
caer la tarde, mientras todos
nos preguntamos: ¿por qué y para qué?
los altos edificios, jaulas de oro,
se levantan al paso: el autobús
sortea un chirrido de frenos y el obstáculo.
Apenas veo. Vamos de pie, y cada uno a solas
en esta multitud.
El camionero hace malabarismos,
cobra el pasaje, pide: ¡Pasen al fondo!
¿Al fondo de qué?
de sus diez horas de trabajo,
mientras bajan y suben las hormigas.
Allá, en las jaulas de oro, los burócratas
del turno vespertino
van tras el humo de sus cigarrillos
fuera de las ventanas.
Ha pasado la hora del café, y del último chiste
subido de color.
Los pálidos del ocio
también miran
caer la tarde, mientras todos
nos preguntamos: ¿por qué y para qué?
VI
Era la ira su forma de ser muerte
y la vida con ella
loco juego de sangre:
el trato humano choque de sombras
estruendo de materias divididas.
La muda ostentación de los instintos,
el acechar,
y el comprar y vender,
vender, venderse,
acción de cada día.
Era la muerte su escudo y su lanza,
la sombra de su color,
y la terrosa ilusión de ser hombres
su condición.
y la vida con ella
loco juego de sangre:
el trato humano choque de sombras
estruendo de materias divididas.
La muda ostentación de los instintos,
el acechar,
y el comprar y vender,
vender, venderse,
acción de cada día.
Era la muerte su escudo y su lanza,
la sombra de su color,
y la terrosa ilusión de ser hombres
su condición.
VII
La filiación en Dios
no se reconocía:
Y cómo en ese tráfico de aceros,
inmisericordes
en el roce con sus semejantes:
ensamblados
como ruedas dentadas de una máquina
enloquecida.
Las ruedas duermen sobre sus órbitas:
silban sin sueños mientras giran
los días y las noches dentro del tórax
sin alterar el ritmo de la sangre
sin despertar a un solo
corazón amante.
no se reconocía:
Y cómo en ese tráfico de aceros,
inmisericordes
en el roce con sus semejantes:
ensamblados
como ruedas dentadas de una máquina
enloquecida.
Las ruedas duermen sobre sus órbitas:
silban sin sueños mientras giran
los días y las noches dentro del tórax
sin alterar el ritmo de la sangre
sin despertar a un solo
corazón amante.
VIII
Es verdad que se aloja en alguna parte,
en la más recóndita, resguardada de aires y de olvidos.
No sé delimitarlo,
sólo sentirlo:
En el sobresaltado sueño está presente:
en lo negro del párpado cerrado
y en mi futuro cierto.
Un delgado cabello la separa del placer
y consume
como cucharadita de nieve
cualquier excelsitud en su cumbre más alta.
¿Quién se atreve con ella?
Sólo el amor hasta el último aliento.
Sólo el amor su resta sobrepasa.
en la más recóndita, resguardada de aires y de olvidos.
No sé delimitarlo,
sólo sentirlo:
En el sobresaltado sueño está presente:
en lo negro del párpado cerrado
y en mi futuro cierto.
Un delgado cabello la separa del placer
y consume
como cucharadita de nieve
cualquier excelsitud en su cumbre más alta.
¿Quién se atreve con ella?
Sólo el amor hasta el último aliento.
Sólo el amor su resta sobrepasa.
IX
No es una sola muerte,
es la muerte con mil
máscaras distintas:
a la vuelta del día,
en lo mejor de la noche,
a la mitad de la vida.
Mi mano tiene muerte,
el polvo de sus alas entre mis dedos
me recuerda que está viva.
No hay hilo que conduzca a la salida
del laberinto.
Al compás de nuestros pasos
arrastramos
cadenas de necesidad
¿Qué nos queda?
Volver sobre lo mismo,
o en el profundo sueño
de hormigas aferradas
a la naranja
que se traslada y gira,
penetrar al único hechizo de cada noche
y al prodigio de cada día,
despertar.
Esto de separar los tiempos, las distancias
o dividirlos:
¿En dónde está esa tarde?
Cielo lluvioso contemplado
desde el ablandamiento del alma
desde el temblor del cuerpo que recibe
el peso doloroso
de la felicidad.
El brillo de las gotas de lluvia
no más intenso que las miradas
ni menos húmedo
ni mejor.
Aquella tarde no se encuentra
en el corazón,
sino en la hondura
más honda que la carne,
la distancia o el tiempo.
Tarde que nunca
anochecerá.
Si se pudiera esta noche
con el aliento deshacer el frío,
a dentelladas romper el hielo:
Desterrar el invierno.
Si se pudiera
dentro y fuera de sí vencer el caos,
encender la música
hasta incendiar el cielo
en un desesperado intento
de amar.
es la muerte con mil
máscaras distintas:
a la vuelta del día,
en lo mejor de la noche,
a la mitad de la vida.
Mi mano tiene muerte,
el polvo de sus alas entre mis dedos
me recuerda que está viva.
No hay hilo que conduzca a la salida
del laberinto.
Al compás de nuestros pasos
arrastramos
cadenas de necesidad
¿Qué nos queda?
Volver sobre lo mismo,
o en el profundo sueño
de hormigas aferradas
a la naranja
que se traslada y gira,
penetrar al único hechizo de cada noche
y al prodigio de cada día,
despertar.
Esto de separar los tiempos, las distancias
o dividirlos:
¿En dónde está esa tarde?
Cielo lluvioso contemplado
desde el ablandamiento del alma
desde el temblor del cuerpo que recibe
el peso doloroso
de la felicidad.
El brillo de las gotas de lluvia
no más intenso que las miradas
ni menos húmedo
ni mejor.
Aquella tarde no se encuentra
en el corazón,
sino en la hondura
más honda que la carne,
la distancia o el tiempo.
Tarde que nunca
anochecerá.
Si se pudiera esta noche
con el aliento deshacer el frío,
a dentelladas romper el hielo:
Desterrar el invierno.
Si se pudiera
dentro y fuera de sí vencer el caos,
encender la música
hasta incendiar el cielo
en un desesperado intento
de amar.
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