sábado, 27 de febrero de 2016
Marzo y otros poemas de Rafael Solana
MARZO
Polvo somos, y en polvo convertirnos
debemos, sí, sin duda: pero...¿cuándo?
¿cuál será la señal?, ¿qué va a decirnos
que ya esa conversión se está operando?
Nuestras venas, quizás, van a advertirnos;
son como ríos que se irán secando,
volviéndose de lodo; sin pedirnos
la venia, en torno todo irán matando.
Todavía están verdes estos sauces
que alimentan sus lágrimas serenas
bebiendo en la corriente de mis venas;
todavía va sangre por sus cauces,
y mientras van ganando las arenas,
más en su fondo, se las ve más llenas.
POR SU BELLEZA, por su sombra,
por mirara el color de su presencia
y apoyarme en su alterna permanencia
de vede techo y dorada alfombra,
el árbol cultivé que no se nombra;
se transformó su cuerpo en transparencia,
sus hojas y sus frutos, en ausencia.,
en un charco de luz su fresca sombra.
Su tronco convirtióse en luz del día,
su copa se volvió el azul del cielo
y el aire devoró todas sus flores;
fue pura nada, pura poesía
lo que cuidé y regué con mi desvelo.
Recoge sueños el que siembra amores.
ARGEL, MAYO DE 1939
A Octavio Paz
La arquitectura de la noche es ciega
y perfecta, por amplia y por dispersa.
Todo es ella, y en ella, y a ella corre todo,
y ella es siempre la misma, con los brazos abiertos.
Cada boca madura una manzana,
en cada muslo hay un faisán dormido,
todas las manos tienen seda y nardos
y un callado aceite de olor corre por todas las
[cabelleras.
La noche se levanta gigantesca,
muda, redonda, sensualmente ataviada.
Cada rosa declara una promesa
y cada estrella confiesa una palabra,
los ojos se desnudan de secretos
y las manos se irisan de inminentes duraznos.
Quien levanta los ojos
sólo encuentra consejos en la noche estrellada;
quien se lleve las manos al pecho
sorprenderá de pájaros la sangre alborozada.
Pero la noche se repite siempre
y es cada vez más clara,
y aunque nos falten pecho, manos, boca,
siempre hay un cesto lleno de manzanas,
y hay un jardín de pájaros cantores,
y hay un vuelo de música en el aire
y en las fuentes un cauce de palabras,
y en las rosas un rubor insatisfecho...
Siempre hay un beso más, que no hemos dado,
y hay una estrella más, cuyo nombre no conocemos.
lunes, 15 de febrero de 2016
Escribir por Chantal Maillard
escribir
para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos
escribir
para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa
aunque en el alma no
en el alma
la estimación del tiempo que concluye
y es arriba
algo más que un silencio
con ojos semiabiertos
escribir
como condescendencia y como rebeldía
sin elección
sin pausa
porque se va la luz, las fuerzas
se le acaban
y el ser se va de vuelo
en las garras de un ave
carroñera
escribir
para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra
escribir
para descansar
(escribir que el sol, en invierno, es hermoso)
por no llorar tan dentro
tan a escondidas
escribir
hacia la extenuación
para que se derrame el dolor contenido
desde el inicio del mundo
escribir
para rebelarse
sin provecho
a pesar de la derrota ya prevista
porque no hay rebeldía que no esté justificada
ni violencia que no sea, en el fondo,
inocente,
escribir
con derecho al llanto
escribir para curar
escribir para guarecerse
escribir como si cerrase los ojos
para no cerrarlos
para mover la mano y seguir su curso
para sentirse viva
AÚN
para aplazar la angustia
como simulación
para guiar la mente y que no se desboque
para controlar lo controlable
escribir
como quien deja la luz encendida
y duerme de pie sobre sí mismo
para saldar las cuentas con el miedo
escribir
para reorganizar
escribir
sin hacer concesiones
escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar
escribir
para apuntar al blanco
escribir
con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabrasbocadegato
áperas por dentro y por fuera
suaves como “tal vez”
palabraslatigazo
como “demasiado” y “tarde”
escribir
para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta
decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar en que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
muere un niño
o dos o no sé cuántos
mueren y una anciana dice
sus últimas palabras
o no las dice y muere
y es otra la que habla
pero no habla, dice
apenas dice y muere
sin decir
apenas
nada
y algo se me atraganta
tal vez un alarido
largo como las once horas de esta noche
o tal vez la conciencia
que duerme encendida
como una lumbre la conciencia
de todos los que mueren
como una fogata
un espantoso incendio
que prende en las ventanas
de la ciudad y en el mar no se apaga
una conciencia absurda
una antorchahorizonte
la conciencia de todos los que saben
que se están acabando
en sus huesos de antorcha
hoy, mañana, siempre
escribir
todas las muertes son mi muerte
mi grito es el de todos
y no hay consentimiento
escribir
¿para consentir?
¡escribir para rebelarse!
no hay lugar para plegarias
no hay lugar para el sosiego
el ajuste de las almas
se hace en rebeldía
Estamos solas
y nos pertenecemos.
En nosotras está el poder
Somos un pueblo de almas
en rebeldía
¡Despertad!
Lo que escribo aquí
se traza en el aire
el dolor es la senda
el dolor es el medio
por el dolor la fuerza
que combate el dolor
y lo transforma
por el dolor deshago
mi dolor en lo ajeno
y el ajeno en el mío
escribir
para des-esperar
por todos los que están
por todos
los que fueron
los desaparecidos
escribir para cuidar
sus des
apariciones
para alimentarlas
para que no se enturbien
no tan pronto
no tan siempre
pronto
escribir
para desestructurar
para vencer
las estructuras
para contra
decir
lo dicho
para demoler
escribir
para desestimar
para aprender la delgadez del trazo
su vacío
habituarse a él
a su insignificancia
escribir
para insignificar
escribir
inútilmente
para ejercer lo inútil
para abrazar lo inútil
para hacer de la inutilidad un manantial
escritura como sortilegio
- volé esta madrugada
más alto que ninguna otra vez
Cada noche, en la duración de un grito
viene una sombra nueva
Cada noche, en la duración de un grito,
un alma acude a mí.
La acojo.
En el grito.
Ella no dura. Sólo se abre.
Y hay que entrar. Suavizar.
No hay que recordar.
Tan sólo entrar.
Respirando. –
escribir luego
para reforzar
los frágiles puentes
los conductos sutiles
con temor
de que se borren
en el espacio leve
entre lo presentido y lo sentido
Escribir
para desescribir
para desdecir
para reorganizar
las consciencias y
que cada una cumpla
su ceguera
El espacio de las almas
ha de guardarse oculto
En la palabra está el engaño
escribir pues
para confundir
para emborronar
y, luego, volver a escribir
en el orden que conviene
el mundo que hemos aprendido
escribir
como quien cuenta los pasos que da
por no oír el silencio
como quien cuenta pasos – uno, dos -
y se salta el tercero -cuatro, cinco-
para ver si se ha ido
para comprobar
pero no: sigue estando
y ya no dejará de andar
para contar los pasos
hasta caer exhausto
en el silencio enorme que se ensancha
entre sus piernas como un charco
de sangre
escribir
porque el héroe se hace con el miedo
sobre todo su miedo
a partir de su miedo
se hace héroe el héroe
ahuecando el miedo
y llenándolo de acción
para entumecerlo
haciendo tiempo en lo hermoso
haciendo tiempo en lo vivo
yo no soy ningún héroe
yo sólo escribo
para colmar la distancia
entre mi miedo y yo
escribir
“Se pone un abrigo de cuero.”
escribir
“Un hombre joven se levanta del asiento.
Se pone un abrigo de cuero.
Lleva gafas oscuras.
Se vuelve.
Su espalda es ancha.
Se dirige a la puerta.
No sé qué hará mañana.
No le conozco.
Ha cruzado la vía.
El cristal me devuelve mis ojos
y esa tristeza que se mide en mis labios.
El hombre joven tal vez camina hacia una casa.
Tal vez sea su casa.”
escribir
“En mi rostro el paisaje
- atravesándolo -
el paisaje.”
escribir
“Tiene las uñas recortadas.”
escribir
“Se desprende, muy lenta, de una frase,
la desliza en el cuaderno y espera.
Tiene las uñas recortadas
y una blusa de encaje.
Lleva una bolsa de color violeta
en las rodillas.
Cuando respira hace juego
con los versos de Sylvia Plath.
Hay un desfiladero en su mirada
y no termina de cruzarlo.”
escribir
para confundir las palabras
y que las cosas aparezcan
(Campos de limoneros cargados con sus frutos. Y cañizales
separando sembrados. Y vinagreras cubriendo de oro las taludes…)
que las cosas presionen
que un mundo se abra paso
(Es invierno, y ya crecen el trigo y la alfalfa. Aún hay campos entre ciudades y hermosos pueblos y una anciana se sienta en un portal con un rayo de sol en su regazo.
La tierra arada humea bajo el sol y los olivos jóvenes tensan sus cuerpos retorcidos hacia el cielo. Creciendo.
Crecer es ascender.
Crecer es ensancharse.
Crecer es romper límites.
Crecer es invadir…)
que estallen los cristales de mis manos
que abran ojos en las letras
(Hileras de olivos.
Sus sombras paralelas…)
escribir
para rastrear
escribir
para perdonar
para ser perdonado
¿Dónde hallaré al sacerdote,
al mediador, aquel que tenga
conocimiento de los límites
y el poder de traspasarlos?
¿dónde hallaré a aquel
capaz de arder sin consumirse
y, entre los muertos y los vivos,
ecualizar
transformar, ¡bendecir!?
escribir
para hallar la paz
después de haber hablado
con los muertos
escribir
para sellar la paz
para conciliar
en mí
para perdonar en mí
escribir
la culpa misma que golpea y se licúa
en el pecho
y surte y es agua que mana
con fuerza y que nos une
agua que forma
remolino de amor irradiando
todas las culpas son
el mismo sufrimiento
el de existir queriendo
queriendo serlo todo
queriéndolo todo
y todo está en mis manos
en esta encrucijada donde permanecemos
el tiempo suficiente
para sufrirlo todo
en mi interior barrunto el gran estruendo:
todo el dolor del mundo me pesa entre los muslos
abrid los ojos: ¡ved!
es tan terrible vivir
¡quien sobrevive saluda!
morituri somos todos
toda la historia de tu estirpe
está presente y te reclama
como crisol
eres
la mediadora
operas
en ti misma el milagro
de la conciliación
y de repente soportas
el peso del mundo y su dolor
lo bebes todo entero.
Agradecida.
escribir
porque crujen las rodillas
y hay como un sueño
esperando ser soñado
justo detrás del dolor.
- Hoy observé las gaviotas.
He de volar muy alto esta noche.
He de volar sin lastre.
Hasta que amanezca.-
escribir
“otoño”
para recordar cómo
uníamos castañas con palillos de dientes
y surgían princesas y perros y dragones
y mi madre era hermosa
y ¿quién sabe? tal vez
fue feliz, también ella,
ese día.
escribir
para arquear el espinazo de las letras
a imagen del dolor
para trazar las líneas de la vida
líneas que se encogen
líneas retráctiles
como nervios apresados en la carne
como venas quebradizas
venenos infiltrados
en las arterias, líneas
que merodean en torno al corazón
calado por la angustia
y el cansancio
líneas como cables tendidos
entre una vida y otra menos vida
líneas ultracortas
líneas entrecortadas
líneas respiradero
líneas túnel
para desembocar
en el horizonte
recuperar allí
las fuerzas del principio pero
líneas quebradas
presionadas
oprimidas, líneas
de vuelta atrás
combadas sobre el tiempo
que queda
el tiempo que nos queda
termitero o volcán
vaciado por los seres (los insectos, la lava)
que operan desde dentro
líneas
de retroceso
¡si fuesen sólo al sueño!
pero no: más abajo.
escribir
como quien muerde un rayo
con los brazos en cruz
escribir
que sus pulmones se cerraron
como las alas de una
mariposa.
Dejó un rastro de polvo azul
en los dedos de quienes fueron
a tocarla
escribir
como aquel que se fuga de un hospital y arrastra tras de sí
las sondas, el goteo, la máscara de oxígeno y corre
sobre agujas envenedadas
¡Despertad!
¡nadie podrá evitarlo!
sólo es cuestión de tiempo
contad los gritos que dais
en el fondo del agua
¡Contad los gritos!
cada cual con su dolor a solas
el mismo dolor de todos
- Alguien disimula. Sonríe,
devuelvo la sonrisa. Sé
que para él ya oscureció.
También él lo sabe.
Pero se esfuerza. Todos
nos esforzamos.
Gritar es esforzarse.
Gritar es rebelarse. -
escribir
porque alguien olvidó gritar
y hay un espacio en blanco
ahora, que lo habita
escribir
porque es la forma más veloz
que tengo de moverme
escribir
¿y no hacer literatura?
…
¡y qué más da!
hay demasiado dolor
en el pozo de este cuerpo
para que me resulte importante
una cuestión de este tipo.
Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse.
CHANTAL MAILLARD
En Matar a platón (Tusquets, 2004)
viernes, 5 de febrero de 2016
Juventud: un fragmento
Es muy consciente de que su fracaso como escritor y su fracaso como amante van tan estrechamente ligados que muy bien podrían ser la misma cosa. Es el hombre, el poeta, el hacedor, el principio activo, y se supone que el hombre no debe esperar a que la mujer se le aproxime. Al contrario, es la mujer la que se supone que debe esperar al hombre. La mujer es la que duerme hasta que el beso del príncipe la despierta; la mujer es el capullo que se abre bajo la caricia de los rayos solares. A menos que se disponga a actuar, nunca ocurrirá nada, ni en el amor ni en el arte. Pero no confía en su fuerza de voluntad. Igual que no puede empujarse a escribir sino que debe esperar la ayuda de alguna fuerza del exterior, una fuerza que solía llamarse musa, tampoco puede obligarse a aproximarse a alguna mujer sin algún indicio (¿de dónde?, ¿de ella?, ¿de él?, ¿de arriba?) de que ella es su destino. Si se acerca a una mujer con otro ánimo, el resultado es un enredo como la desastrosa aventura con Astrid, un enredo del que trató escapar casi antes de que empezara.
Hay otra manera más brutal de decir lo mismo. De hecho, hay mil maneras: podría pasarse la vida escribiendo una lista. Pero la más brutal es decir que tiene miedo: miedo de escribir, miedo de las mujeres. Tal vez ponga mala cara a los poemas que lee en Ambit y Agenda, pero al menos están impresos, están en el mundo. ¿Cómo va a saber si los hombres que los escribieron se pasaron años debatiéndose con las mismas exigencias que él ante la página en blanco? Se debatieron, pero al final recuperaron la compostura y escribieron lo mejor que pudieron lo que tenían que escribir, y lo enviaron por correo y sufrieron la humillación del rechazo o la humillación equivalente de ver sus efusiones en fría impresión, en toda su pobreza. Del mismo modo, estos hombres habrían encontrado una excusa, por pobre que fuera, para hablar con alguna chica guapa en el metro, y si ella girase la cabeza o dejase caer algún comentario mordaz en italiano a alguna amiga, bueno, habrían encontrado el modo de sufrir el revés en silencio y al día siguiente lo habrían vuelto a intentar con otra chica. Así es como se hace, así es como funciona el mundo. Y un día, estos hombres, estos poetas, estos amantes, tendrán suerte: la chica, no importa la excelencia de su belleza, les responderá, y una cosa llevará a la otra y sus vidas se transformarán, las de ambos, y punto. ¿Qué más hace falta sino una especie de obstinación estúpida e insensata como amante y escritor unida a la buena disposición de fracasar una y otra vez?
Su problema es que no está preparado para el fracaso. Quiere una A, un alfa, o un cien por cien en cada intento, con un gran "¡Excelente!" al margen. ¡Ridículo! ¡Infantil! No tienen que decírselo: lo ve él solito. No obstante, no puede hacerlo. Hoy no. Tal vez mañana. Tal vez mañana estará de humor, tendrá valor.
Juventud, J. M. Coetzee.
Mondadori
domingo, 31 de enero de 2016
Un poema de Rubén Bonifaz Nuño
30
A mitad del frío de febrero,
con una esperanza de viento cálido
me alcanzó un primer anuncio, un fantasma
de la primavera concupiscente.
Ya de nuevo todas las cosas
habrán de empezar a buscarse
unas a las otras. Vendrán las noches
breves, los latidos bajo la tierra,
y los vegetales brazos, y el agua.
Y también nosotros nos abriremos
esta soledad, porque nos duele,
y perseguiremos nuestra ventura
a golpes de ciegos enfurecidos.
Qué triste resulta que no sepamos,
solos entre todo, la palabra
capaz de acercar lo que no tenemos.
Es cierto: sin duda se progresa:
apenas se está empezando, y se pueden
armar infiernitos que en una sola
llama precipiten al otro mundo
cuatrocientos mil infelices;
encender lucientes, perfectas máquinas
o quitar mejor las enfermedades.
¿Pero en dónde está lo que se ha ganado
para estar tranquilos, para vernos
para conseguir nuestra compañía?
Incompletos somos, mutilados horribles
que nos deshacemos buscando a tientas,
en otros, los miembros que hemos perdido.
En espejos rotos nos reflejamos,
en mustias imágenes fragmentadas,
y por las rendijas del reflejo
escurre, se pierde trágicamente
nuestra vida más preciosa y despierta.
Y es para sentarse a llorar de envidia
ver que en torno nuestro las pierdas,
la tierra, las plantas, los animales,
armoniosamente se consuman,
se juntan tranquilamente, relucen
de tan firmes, cantan de tan seguros,
mientras nos quebramos nosotros.
jueves, 21 de enero de 2016
Preguntas
Algunos poetas me hacen llegar
sus libros, sus cartas, sus biografías
y fotografías,
las nóminas de sus distinciones,
las fotocopias de sus declaraciones
y sus poemas inéditos.
Y yo me digo: ¿qué tengo que ver
con estos poetas tan producitivos,
eficaces y dinámicos,
tan descollantes de personalidad,
tan seguros de sí, tan convencidos
de haber encontrado las palabras
y las claves definitivas?
¿Y qué tengo yo que ver con esos
otros, los nostálgicos, los que se
jactan de sus penas y me endosan sus importantes fracasos?
¿Y qué con esos otros que vociferan sus amores
y se abrazan en público con sus mujeres y sus
hombres, con sus ciudades, sus consignas, sus banderas y sus dioses?
¿Qué tengo que ver yo con esos poetas,
yo que soy tartamudo,
yo que estoy aterrado,
yo que perdí mis señas
y no tengo camino ni memoria
y apenas sobrevivo?
Raúl Gustavo Aguirre
miércoles, 20 de enero de 2016
La mujer esqueleto (Leyenda Innuit)
![]() |
| Fotografía de Allen Birnbach |
Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recordaba lo que era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los ojos. Mientras yacía bajo la superficie del mar, su esqueleto daba vueltas y más vueltas en medio de las corrientes.
Un día vino un pescador a pescar, bueno, en realidad, antes venían muchos pescadores a esta bahía. Pero aquel pescador se había alejado mucho del lugar donde vivía y no sabía que los pescadores de la zona procuraban no acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas.
El anzuelo del pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos que en los huesos de la caja toráxica de la Mujer Esqueleto. El pescador Pensó: “¡He pescado uno muy gordo! ¡Uno de los más gordos!” Ya estaba calculando mentalmente cuántas personas podrían alimentarse con aquel pez tan grande, cuánto tiempo les duraría y cuánto tiempo él se podría ver libre de la ardua tarea de cazar. Mientras luchaba denodadamente con el enorme peso que colgaba del anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía balancear y estremecer el kayak, pues la que se encontraba debajo estaba tratando de desengancharse. Pero, cuanto más se esforzaba, más se enredaba con el sedal. A pesar de su resistencia, fue inexorablemente arrastrada hacia arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.
El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio cómo su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red, todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.
“¡Ay!”, gritó el hombre mientras el corazón le caía hasta las rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de la cabeza y las orejas se le encendían de rojo. “¡Ay!”, volvió a gritar, golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba enredada en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera persiguiendo. Por mucho que zigzagueara con el kayak, ella no se apartaba de su espalda, su aliento se propagaba sobre la superficie del agua en nubes de vapor y sus brazos se agitaban como si quisieran agarrarlo y hundirlo en las profundidades.
“¡Aaaaayy!”, gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se acercaba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y echó a correr, pero el cadáver de la Mujer Esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió brincando a su espalda, todavía prendido en el sedal. El hombre corrió sobre las rocas y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada y ella lo siguió. Corrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus botas de piel de foca.
La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un poco de pescado helado mientras él la arrastraba en pos de sí. Y ahora estaba empezando a comérselo, pues llevaba muchísimo tiempo sin llevarse nada a la boca. Al final, el hombre llegó a su casa de hielo, se introdujo en el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando permaneció tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí, a salvo gracias a los dioses, gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba… a salvo… por fin.
Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio allí acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro, una rodilla en el interior de la caja torácica y un pie sobre el codo. Más tarde el hombre no pudo explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la lámpara suavizó las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue porque él era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y lentamente alargó sus mugrientas manos y, hablando con dulzura como hubiera podido hablarle una madre a su hijo, empezó a desengancharla del sedal en el que estaba enredada.
“Bueno, bueno.” Primero le desenredó los dedos de los pies y después los tobillos. Siguió trabajando hasta bien entrada la noche hasta que, al final, cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor y le colocó los huesos en orden tal como hubieran tenido que estar los de un ser humano.
Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y utilizó unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en las pieles, no se atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel cazador la sacara de allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en pedazos.
El hombre sintió que le entraba sueño, se deslizó bajo las pieles de dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen, se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos qué clase de sueño lo provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostálgico. Y eso fue lo que le ocurrió al hombre. La Mujer Esqueleto vio el brillo de la lágrima bajo el resplandor del fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido entre un crujir de huesos y acercó la boca a la lágrima. La solitaria lágrima fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed de muchos años.
Después, mientras permanecía tendida al lado del hombre, introdujo la mano en el interior del hombre dormido y le sacó el corazón, el que palpitaba tan fuerte como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados: ¡Pom, Pom!…. ¡Pom, Pom! Mientras lo golpeaba, se puso a cantar “¡Carne, carne, carne! ¡Carne, carne, carne! “. Y, cuanto más cantaba, tanto más se le llenaba el cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y unas rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas las cosas que necesita una mujer.
Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre dormido y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el gran tambor, el corazón, a su cuerpo y así fue como ambos se despertaron, abrazados el uno al otro, enredados el uno en el otro después de, pasar la noche juntos, pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.La gente que no recuerda la razón de su mala suerte dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que es verdad y que eso es todo lo que se sabe.
lunes, 18 de enero de 2016
Cinco poemas de Francisco Cervantes Vidal
LÍNEAS
A Carmencita y Justo
Hay un gesto extraño en estos días
Que desde la luz te mira.
Tal vez la historia en sus hieroglafías
Canta o calla, avanza o se retira.
Tal vez no existes y caminas,
Tal vez eres tan sólo ese "tal vez".
¿O serás esa sombra en las esquinas
Y no llegues ni siquiera a su revés?
En vano te preguntas ya
Cuanto es posible se pregunte.
Algo que nunca fuiste va
Extinguiéndose y no va
Reviviendo disidente.
Terminas de escribir
Y mañana que tal leas,
Ya no podrás vivir,
Tus altas y bajas, las mareas.
Y bueno. Firmarás las líneas
Sin corregir las otras líneas.
PARA ENTENDER EL ALFABETO
El animal piensa: "Nada nuevo;
Pensaré lo ya pensado muchas veces".
Y en su cansancio se dirá: "Debo
Indiferencia al triunfo y sus reveses".
Escribirá algunas letras, luego,
Como para entender el alfabeto
Y lo que en él parece ruego
O imprecación, canto, esqueleto.
Algo amarillo o sólo amarillento.
Anota entonces simuladamente
Palabras que son el mismo intento
De toda su vida y de su mente.
Mas algo no repite y no lo sabe.
Por eso es lo que es y añade:
"Las letras protegieron un secreto
Que hoy no se comprende.
Lo protegen aún, ¿ya sin objeto,
O ellas son el objeto que protegen?
"En el énfasis agotaron su existencia
Y fueron una nada vehemente.
Son lo que fueron: el juez, la audiencia
Y la efigie de acusado ausente".
HOMENAJE A BOSCÁN
(y a Luis Cardoza y Aragón)
No hablemos de tristeza
Pues tristeza
Es la materia misma de la lengua:
Es triste hablar
De todas formas
El canto en ocasiones
nos redime
Pero sólo mientras es,
Durante el sueño
que resulta
del cantar.
Amigo Garcilaso,
¿lo recuerdas?
Tristeza, pues yo soy tuyo,
Tú no dejes de ser mía.
El hermano de armas tuyo
Y de letras,
En fin, tu hermano.
SUEÑA DON SEBASTIÁN
Conozco a quien soy, no a quien seré.
Y no soy yo, es la leyenda.
Dos actores sé, que actuaron
Prólogos de mi veloz presencia.
Bien sea que aquí ya vengo.
Soñé, viví en la fiebre
¿De qué manera diferente
la vida permitido se me hubiera?
Mas viva era la fiebre
Contracorriente.
La fe, sus cuatro brazos,
Los ojos ciegos de las Quinas
Y el vivo resplandor de las arenas.
En un momento,
En tanto oleaje de las sueltas ropas
Al yatagán disimulaban,
Aliento extremo me arrancó
De esa imagen compuesta por azares
Ya no identificables,
Si bien que miserandos.
Espero desde entonces
La barra, el puerto,
Tronando los cañones de mi nao.
MEDITACIÓN DE VIERNES SANTO
Perderlo todo,
Que la desolación
Se lleve al polvo.
Que un viento
Tengamos por vestido
Y por compañera
Sólo
La certeza de la muerte.
Ésta,
Nadie
Nos la arrebatará,
Aunque demore.
sábado, 16 de enero de 2016
Double slit
¿Si el agua pudiera definirse, existirían los ríos? Permanece callado, quién sabe que alquimia tense
sus jarcias. Retiro mi pregunta al cajón donde los poemas laxan su aliento
inscrito de coral.
Pablo es físico, creo. En realidad, no lo sé. Estoy más
convencida de su adiestramiento para construir el silencio como una promesa de
ola.
Si el agua decidiera
fijar su forma y no fluir, ¿habría ríos? Toma mi pregunta, la destripa
con parsimonia:
La forma es sólo un parámetro definible entre muchos. Puedes definir algo tan inespecífico como
quieras, decir: sea A un número entero y durante el proceso matemático, A
referirá a un número entero cualquiera. Pero, si todos los parámetros estuvieran perfectamente
definidos, si A fuera un número entero entre 1 y 1… Entonces, no existirían los
ríos.
Permanecí muda, él también. Discurrimos lentamente, de orilla a orilla. Había, pese a todo, un
cauce de salmones irisados por el deshielo, los tomamos con las manos, la luz pesaba
oculta en sus cuerpos como una sentencia. Agradecimos la existencia de los
ríos, llevaban al mar. Allí le preguntaría si puede escuchar las olas distendidas en una
caracola, quizá entre una marejada de
variables, se escondería el canto
aterido de una sirena.
Arely Jiménez
Poema publicado originalmente en la Gaceta Río Arriba sobre ciencia.
Arely Jiménez
Poema publicado originalmente en la Gaceta Río Arriba sobre ciencia.
viernes, 15 de enero de 2016
Oyes esa música...
¿Oyes esa música
que cruza como luz la oscuridad
mientras la oscuridad gira
y yo con ella?
¡Con qué fuerza
se abre paso
y llega incluso
a mi lugar más remoto
cercado también de sombras!
Pero el latido
que brota allí
nadie lo oye.
Nadie, como yo, sabe
que existo
y creceré
y amaré
como aman estos brazos
que me sostienen
porque no sé andar aún...
Pero escucha, escucha:
todos los árboles se mecen
en la música.
Y en mi interior,
donde un secreto sol
me hace adivinar
el sol secreto
de la oscuridad.
Clara Janés
domingo, 3 de enero de 2016
Y siempre es hoy
tengo una garza herida en las dos alas
dentro del corazón.
Con sus dos alas rotas
no puede alzarse, pero vive.
Me es útil. Añora el agua. Por ella
a veces lloro largo rato, a ver si cree
que tiene cerca el mar.
No le he visto el color, pero la siento
de un leve gris. Le canto
para que duerma y nunca
duerme, recordándome cosas.
Con sus plumas me susurra:
“Hoy es día de amar
y siempre es hoy”.
Otras veces me dice
que un búho huérfano y enfermo
aconseja a los hombres
que besan sin amor a las muchachas.
Por ella
no conozco el rencor.
El pajarillo herido, acurrucado
en mi tibio rincón
no puede alzarse, pero ama,
y me transmite su amoroso tiempo.
Georgina Herrera
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