miércoles, 22 de abril de 2020

Para no ser los mismos de Arely Jiménez




PARA NO SER LOS MISMOS

Trato de falsear la realidad con objeto de hacerla más cierta.
Juan Vicente Melo
Adriana está cautiva, buscando algo improbable en el vacío, revistiéndolo de formas, de una tez, de manos largas…Lo sabes, Adriana, la búsqueda te llevará a encontrar algo todo el tiempo, aunque ese algo seas tú misma, rebotada  frente a un muro traslucido de imposibilidad que envuelve con ternura  a las personas. Él ya no la ve, ésa es la verdad. Adriana suspira, soy capaz de visualizar su suspiro (una esencia gris, mitad viento, mitad agua), imaginar el camino que sigue desde el vientre constreñido hasta la sedosidad de los labios entreabiertos. A veces estoy convencido de ver la melancolía de Adriana, de hacerla corpórea con mi mirada, así como ella mira en el aire el cuerpo de Jaime.
La música en vano matiza el silencio, Adriana, ella, tú ¿No la escuchas, verdad?  Tomo otro trago, de manera mecánica, ya ni siquiera pienso en que quiero estar más ebrio y en que quisiera soltarlo todo y largarme, no quedarme dormido, salir de su casa, tu casa, caminar y caminar, gastarme los pies, sentir que se evapora mi memoria y la otra memoria que no he sabido parar, porque ella está allí, en esa memoria, pero no está aquí… Y no estará aquí aunque vague en  esta inmensa sombra que de repente nos vuelve los mismos (desinhibidos, de sonrisas largas y con una conversación vertical, efervescente, abrigada por un lugar común)  pero otros de los que hemos sido a la luz del día (amigos íntimos del silencio)… Y aunque llegue hasta la costa y escuche el mar, un mar que no conozco pero extraño, uno en donde solías bañarte entre noctilucas, aun así, no aparecerá ella; ella es una mentira, pero es también esta verdad que me desangra y me cala en las plantas de los pies. Pero eso también es mentira, quizá saldría a caminar para creer que, en verdad, se me está acabando algo; para que algo sea verdad, al menos. No estamos en tu casa, estamos en mi habitación de estudiante fuereño,  que ha venido desde una tierra seca y de viento hasta este lugar de mar y vegetación. En realidad, yo había puesto la música para distraerte. No me avisaste que vendrías, ¿será porque te he dejado entrar a todas partes? He abierto cada puerta, incluso la más oculta para ti, sin que me lo pidieras y ahora has perdido conmigo ese gesto propio de extraños.
No quiero creer que somos extraños, lo único extraño es esta situación: estar sentado en mi cama, tú en una esquina, no dejar de mirarte, no haber dejado de hacerlo desde hace tantas noches en las que te he seguido recomenzando el ritual para no ser los mismos que salieron de una casa y se entregaron a las calles: bebemos a pico de botella la cicuta para matarnos el tiempo que nos acartona la piel, matar los recuerdos, los gestos, matarnos llanamente y ya no ser uno y uno, sino cero, nada.
No lo creerás, pero, a veces llega a mí una memoria venida de no sé dónde, me acosan recuerdos calcados en no sé qué ciudad muy similar a ésta, una que parece palpitar y desplazarse internamente entre los edificios y las calles, una en la que me atrevo a mirarte largamente, con los ojos tibios, sin querer reflejar la ciudad porque entonces esto ya no sería secreto, sólo reflejando tus ojos, conformando un segundo vacío,  como el del espejo que mira a otro espejo para contemplar una íntima figura de colores y líneas profundos. Allí deslizaría mi mano por tu espalda, y removería tu piel, como si corriera una cortina tersa,  me asomaría hasta el fondo de ti para encontrar una Adriana formada de luz, un cuerpo luminoso del alma, todavía más frágil que aquél que caería sobre mis pies. De alguna manera, entendería que, en el fondo, ella es un cuerpo que no sabría cómo tocar, pero yo sería dichoso por haberlo encontrado en ti, por saber que existe más allá de mi memoria que recuerda lo que no ha pasado todavía, o lo que parece que ha sucedido en un pliegue aislado del tiempo. Pero no es así. Nada de aquello está sucediendo, en realidad, estás sentada en mi cama, fumamos un cigarro con sabor a vainilla que trajiste de otro país de verdor (tú que pareces ser embajadora de lo más primigenio y sueñas con ser un árbol), me hablas del lugar donde conseguiste el cigarro, te digo que no sé nada de Cuetzalan, me dices que su nombre está hecho de aves, guardas silencio y en tu silencio pesa algún recuerdo que no conozco ni conoceré porque ya no puedes hablar de Jaime, sólo llorar.  No me alegra estar consciente de que sólo has venido a mi casa trayendo cerveza,  cigarros,  tu cuerpo y a ella  para llorar por Jaime, para darme la espalda mientras fumas y te ves terriblemente sola y libre. Nunca quisiste admitir que lo querías, porque ese tipo de sentimientos no eran para ti, me lo habías dicho aquella vez mientras caminábamos ya cansados y mareados saliendo de la Mezcalina;  una extraña te había besado, tú probabas el sabor entre amargo y con gusto a sudor que te había dejado en la boca, yo miraba tu lengua remojando tus labios, comenzaste a reír, te pareció muy chistosa la chica e incluso quisiste que te besara otra vez: algunos se quieren tanto y se preocupan tanto por sí mismos que van a arrodillarse frente a otros, me dijiste, y me di cuenta que en tus palabras había un acento de desprecio, y aunque no lo habías dicho, entendí que para ti yo no te quería, sólo me quería tanto a mí, me compadecía tanto por mí que por eso te buscaba. Lo cierto es que tú nunca te darías golpes de pecho por alguien, sólo llorarías conmigo que sería nadie en tu vida y la de los demás al cabo de unos meses, que ya soy nadie ahora, en este preciso instante, sentado en la cama, escuchando música, viéndote. Había veces en las que parecías quererme. Porque era nadie, a veces pasaba que por descuido me querías. Porque era nadie no querías que te definiera ni viniera con mis pequeños valores a negarte la botella, a negarte el dinero para probar un ácido que comprarías con Raimundo, tu vecino que parecía el habitante de una pecera olvidada y pantanosa, pero algo de verdad había para ti en lo sucio de su alma. Porque era nadie, no podía ser un extraño pero tampoco podía ser alguien para mirarte el corazón desde dentro y tantear tu sangre lo mismo que el agua del río donde ligeramente toqué tu hombro y sentí vibrar a Adriana por primera vez, donde tú también la sentiste y te alejaste con recelo. Ella crecía como crecían casi todas las flores en Xalapa: invadiendo el espacio, negándose a ser parte sólo de un jardín o crecer arrimadas las unas con las otras. Nadie notaba esta invasión, estos eventos sólo importan hasta que nos ahogan de pronto, luego de haberse acumulado largamente. De la misma manera fue que me besaste aquella noche. Tu boca sabía a cerveza, habíamos comenzado a tomar con los amigos de tu pueblo, eran días santos. Dos noches antes, conversamos en el autobús, y dormimos abrazados hasta que llegamos a una tierra caliente pese al abandono del sol. Tú dijiste: El clima es así por las petroleras, cuando es de día es peor. Tomamos un taxi para ir a un lugar que sólo tú sabías cuál era. Bajamos del taxi con las maletas y caminamos por un terreno de autobuses oxidados y viejos, el aire se sentía tibio y oscuro,  dueño de una muerte anquilosada y antigua. Compramos arroz con leche antes de tomar el autobús para viajar al lugar donde naciste. No hacía frío, pero queríamos tener en la boca otro sabor que no fuera el de ese calor enrarecido.
Porque queríamos tener otro sabor en la boca, no sólo el sabor a cerveza acostumbrado, incluso ya agotado, sin novedad para nosotros. Quizá por eso nos besamos, pero esto es mentira. Es mentira que me besaste, en realidad sólo era yo y mi deseo rebotándome en la cara. Reíste. Me quedó claro que era el principal conductor de mi deseo, que no estaba hablando de ti, sino de mí enloquecido por ti. 
―Tranquilo, Ricardo, sólo es un juego.-y tus amigos continuaron las risas. Era una reunión extraña, como lo eran todas: una suma de soledades que olvidaban sus bordes para saberse pendejos un rato y estar bien con eso, con estar pendejos.
Me había quedado mirándote a los ojos luego de que nos había tocado nuestro turno en el juego, tenía que darte un beso, no ponerme en evidencia. Algún ácido extraño se soltó en mi cabeza cuando oí sus gritos, era un sentimiento de ridículo tan intenso que no lo soportaba. Tú soltaste un ruidito y estabas a punto de reírte; no, no fue así, estabas a punto de amenazarla a ella, que era luz y que creció de la nada como las flores en Xalapa. Reíste para matarla. Ahora lo sé, aunque en ese momento sólo podía sentirme estúpido.
Me siento igual que entonces mientras tomas sin hacer ruido en mi cama y haces figuras con el humo, pareciera que ya nada importa porque Jaime murió y yo me iré mañana, y no importa incluso si hacemos algo ahora o si los dos permanecemos inmóviles mientras el disco que puse se reproduce anónimamente. Esa vez no supe si me besaste o no, esa es la verdad. No fui capaz de sentir nada luego del dolor que me produjo tu risa, y aunque rieras más y me dijeras que era absurdo dolerse por eso, quién sabe del dolor de los otros, si todos estamos desollados,  y aunque  lloré un poco, incluso, tú no lo dijiste pero seguro lo pensaste: no era porque te amase, sino porque me amaba. Porque te amabas también fue que no soportaste que muriera Jaime. Yo no supe nada de Jaime, para cuando llegué de él quedaba un nombre y nada más. Un nombre que no bastaba para nombrar tu soledad. Un nombre que pesa aunque no sepa nada de él ni jamás vaya a saber. Ahora te levantarás, apagarás el estéreo, y te marcharás sin despedirte de mí, que tomaré un autobús con destino a la capital del país en unas horas. Probablemente me digas que, aunque vuelva, no habrá otro Xalapa tan lleno de noches con los ojos abiertos ni habrá otra Adriana de luz. Es verdad. También es verdad que ella, la Adriana de luz, no me ve ni me verá jamás. Finalmente, te levantas, apagas el estéreo, te acercas a mí, me abrazas y me dices un adiós tan convencional que hiere, recuerdo otra vez que soy nadie. Sales sin decir nada más, lo único que queda es el olor a vainilla. Me digo que volveré, aunque ya no te encuentre, pero sé que es mentira.


sábado, 4 de enero de 2020

Últimos poemas para Pablo de Arely Jiménez

Elena Kalis




I
Una vez te pregunté
qué cosa te gustaría ser.
Me dijiste que una piedra
en el fondo del océano
o una nube en los polos.
Todavía no era consciente
de cuánto amabas tu soledad.
También hubo un tiempo en que
me creí  la parte más torpe  del lodo:
la que ensucia rápido,
sin grandes motivos,
la que se empeña
en expandir su forma.
Me he quedado algo sola
pero así está bien, me repito:
Así está bien.


II

Un hombre estrecha entre sus brazos
el geranio imposible de mi ausencia.
No lo nota.
No lo notará.
A lo lejos,
me olvida sin saberlo.
Yo me topé con su memoria,
aquí estaba,
junto a las raíces de mis manos,
floreciendo distraída.

lunes, 5 de agosto de 2019

Bondad por Naomi Shihab Nye




Antes de saber qué es realmente la bondad
deberás perder cosas,
sentir al futuro disolverse en un instante
como sal en un caldo insípido,
Aquello que sostuviste en tu mano,
lo que contaste y cuidadosamente protegiste,
todo eso deberá irse para que sepas
cuán desolado es el paisaje
que separa las regiones de la bondad.
Cómo das vueltas y vueltas
pensando que el autobús nunca parará,
mientras los pasajeros, comiendo maíz y pollo,
se quedarán viendo hacia afuera
por las ventanas para siempre.

Antes de conocer la tierna gravedad de la bondad,
deberás viajar donde los indios con un poncho blanco
yacen muertos a un lado del camino.
Deberás ver cómo podrías haber sido tú,
cómo él también fue alguien
que viajaba por la noche con sus sueños
y el solo aliento que lo mantenía con vida.

Antes de que conozcas la bondad
como lo más profundo que hay en el interior,
deberás conocer el dolor como lo otro más profundo.
Deberás despertar con dolor.
Deberás hablar con él
hasta que tu voz capture
todos los hilos del dolor
y veas el tamaño del tejido.
Entonces sólo la bondad tendrá sentido otra vez,
sólo la bondad que anuda tus zapatos,
y te manda fuera, al día, a contemplar el pan,
sólo la bondad que yergue su cabeza
entre las multitudes de todo el mundo
para decir
Yo soy eso que estabas buscando
y entonces va contigo a todos lados
como una sombra o un amigo.


Traducción: Arely Jiménez


domingo, 28 de julio de 2019

Abril es el sueño de un perro de Marilyn Singer

Anna Gavryliuk


Abril es el sueño de un perro 
el suave pasto está creciendo
la dulce brisa está soplando
todo el aire lleno de canto sienta tan bien
ahora no hay excusas
vamos al parque
a perseguir, cargar y masticar
y te haré ver
de qué trata la primavera. 


Poema de Marilyn Singer, publicado en la Poetry Foundation.
Traducción: Arely Jiménez.

lunes, 11 de junio de 2018

Teoría de la mujer enferma de Johanna Hedva



Mujer enferma es una identidad y un cuerpo que puede pertenecer a cualquiera a quien se le haya negado el privilegio de la existencia (o se le haya prometido con un optimismo cruel una existencia así) de los hombres blancos, heterosexuales, sanos, neurotípicos, de clase media-alta, cis y capaces, que viven en países ricos, que nunca han tenido un seguro de salud, y cuya importancia para la sociedad es reconocida y explícita por esa misma sociedad. Cuya importancia y cuidado dominan esa sociedad, a expensas de y silenciando a todos los demás.

Mujer enferma es cualquiera que no tenga esa garantía de cuidado. A la mujer enferma se le dice que para esta sociedad, su cuidado, incluso su supervivencia, no importa.

Las mujeres enfermas son todos cuerpos disfuncionales, peligrosos y en peligro, que se han portado mal, son locos, incurables, traumatizados, desordenados, enfermos, crónicos, imposibles de asegurar, miserables, indeseables, disfuncionales en su conjunto, que pertenecen a mujeres, personas de color, pobres, enfermos, personas neuroatípicas, de capacidades diferentes, queer, trans y de género fluído, que históricamente han sido patologizadas, hospitalizadas, institucionalizadas, violentadas, consideradas inmanejables y, por lo tanto, culturalmente ilegítimas y políticamente invisibles.

Mujer enferma es una mujer trans negra que tiene ataques de pánico mientras usa un baño público, con miedo de la violencia que la aguarda. Mujer enferma es la hija de unos padres cuyas historias indígenas han sido borradas, que sufre el trauma de generaciones de colonización y violencia. Mujer enferma es una persona sin hogar con cualquier tipo de enfermedad y sin derecho a tratamiento, cuyo único acceso a la atención en salud mental es una estancia de 72 horas en el hospital del condado.

Mujer enferma es una mujer negra mentalmente enferma cuya familia llamó a la policía para pedir ayuda porque estaba sufriendo un episodio, y que fue asesinada bajo custodia policial, y cuya historia fue negada por todos los que operan bajo la supremacía blanca. Su nombre es Tanesha Anderson.

Mujer enferma es un hombre gay de 50 años que fue violado cuando era adolescente y ha permanecido callado y avergonzado, creyendo que los hombres no pueden ser violados.

Mujer enferma es una persona discapacitada que no pudo ir a una conferencia sobre los derechos de las personas con discapacidad porque se organizó en un lugar no accesible.

Mujer enferma es una mujer blanca con una enfermedad crónica enraizada en un trauma sexual que debe tomar analgésicos para levantarse de la cama.

Mujer enferma es un hombre heterosexual con depresión que ha sido medicado desde la adolescencia y ahora tiene dificultades para trabajar las sesenta horas semanales que su trabajo exige.

Mujer enferma es alguien a diagnosticado de una enfermedad crónica cuyos familiares y amigos continuamente le dicen que debería hacer más ejercicio.

Mujer enferma es una mujer queer de color cuyo activismo, intelecto, ira y depresión son vistos por la sociedad blanca como atributos indeseables de su personalidad.

Mujer enferma es un hombre negro asesinado bajo custodia policial, del que oficialmente se dice que se rompió la espina dorsal. Su nombre es Freddie Gray.

Mujer enferma es una veterana que sufre trastorno de estrés postraumático y que está durante meses en la lista de espera para ser atendida por un médico del ejército. Mujer enferma es una madre soltera, inmigrante ilegal, que alterna tres trabajos para dar de comer a su familia y que siente que cada vez es más difícil respirar.

Etcétera, etcétera.

En la Teoría de la Mujer Enferma, el binarismo que ha de ser abolido es el de “enfermo” y “bien”. La enfermedad, tal como se contempla en el discurso actual, está definida por la máxima capitalista de ser incapaz de trabajar. Un cuerpo enfermo es un cuerpo que no puede trabajar. Si no puedes funcionar en la sociedad en términos de empleo, dinero, valor y producción, entonces estás enfermo. Tu cuerpo no funciona bien.

jueves, 7 de junio de 2018

El cuerpo paciente de Leonor Silvestri

Mariana Rodrigues

1/5/14


El cuerpo paciente está siempre a disposición. Entran, salen, colocan. Imposible organizar una suerte

de rutina con horarios, aunque de algún modo en la detención, la hay. De acuerdo a lo que otros 

dictaminan o les conviene, el cuerpo es examinado, palpado, pinchado, visitado. El cuerpo paciente 

está a disposición del control, tendido en una cama. Duermo al lado de una luz de una bomba con 

una luz iridiscente que hace una pequeña y sutil música que jamás se detiene, o apaga. Como una 

sirena, vela mi sueño. El cuerpo paciente está echado a la espera, aguarda que le toque y le manipule 

esta medicina humanizada. El cuerpo paciente sin rutina, sin intimidad, cuerpo en expuesto y 

dispuesto al control, al cual se le llama cuidado. El descanso y la soledad se hace inhallable al cuerpo 

paciente. El cuerpo paciente pierde así su sensualidad.


En el cuerpo paciente se replican estas lógicas incluso por los no médicos ni así llamados 

profesionales de la salud. La gente comienza a dejar aguardando al cuerpo paciente por 40 minutos o 

más, total, el cuerpo paciente carece de poder de decisión y no tiene adonde ir. Su fatum es esperar 

en calma. El cuerpo paciente debe atender el teléfono, responder el mensaje, aceptar el llamado en 

casi cualquier horario que el cuerpo no paciente se haga el tiempo y el lugar para incordiarlo. El 

cuerpo paciente no debe sentir ninguna desasón frente a esto, por el contrario, el cuerpo paciente 

debe seguir sin sus horarios, expurgado de toda potencia vital, porque estar enfermo en una cama es 

aceptar a los demás resignadamente. El cuerpo paciente no tiene exterior, no está en una esquina, se 

puede operar sobre él. Detenido en su cama, quien visita, soberanamente, comienza a decidir por el 

cuerpo paciente, cómos y cuándos, el cuerpo paciente debe y tiene la obligación de alegrarse así. Se 

le comienza a inflingir al cuerpo paciente la tiranía de los normales que se trasladan y tienen que 

hacer. El cuerpo paciente es el ama de casa de la dictadura de quienes producen normalidad y 

sanidad. El cuerpo paciente, total, no hace nada, nada más que estar enfermo, sanándose. Ergo, el 

cuerpo paciente tiene que aceptar, de buen grado, lo que se le da, cómo y cuándo. Agradecido y 

servil debe someterse a la caridad de los prolíficos que deciden los horarios de la visita y la amistad 

sin consenso. El cuerpo paciente, poco a poco, se vuelve no cuerpo.



Fragmento de Games of Crohn, Diario de una internación de Leonor Silvestri.

Más de Leonor Silvestri: aquí.


Más de Mariana Rodrigues: aquí.

viernes, 1 de junio de 2018

Últimos poemas de Osip Mandelshtam

Nicolai Fenchi

Si nuestros antagonistas me llevan
Y la gente deja de hablar conmigo;
Si confiscan el mundo entero-
El derecho de respirar y abrir puertas
Y afirman que la existencia existirá
Y que la gente, como un juez, juzgará;
Si se atreven a conservarme como a un animal
Y arrojan mi comida sobre el piso-
No caeré en el silencio ni mitigaré la agonía,
Sino que escribiré lo que soy libre de escribir,
Y unciendo diez bueyes a mi voz
Moveré mi mano en la oscuridad como un arado
Y caeré con todo el peso de la cosecha...



Ah cuánto me gustaría-
Sin ser visto por nadie-
Remontarme detrás de la luz,
Para desaparecer por completo.

Pero tú, circúndate de luz-
no hay otro rapto, ningún otro trance.
Y aprende de las estrellas
De qué se trata lo de la luz.

Tú, a quien deseo deleitar-
Esto es un susurro:
En un arrullo,
Pequeña, te entrego a la luz.

Deberá ser una flecha de luz,
Cuando los murmullos-
El balbuceo de los enamorados-
La encienda, ardiendo iluminada.
Tomados del blog Idiomas Olvidados.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Ser de Dorothea Lasky

Chrissy Lau

Ser el nombre pronunciado, pero sin la carga de ser
Ser el nombre dicho pero no escuchado
No respirar más, ser aquello
Ser aquello que se respira
No estar a punto de morir, estar ya muerta
No decepcionar
Sin la carga de llegar tarde
o ser puntual
No comer, no tener que comer 
No sentir nada
No ser aquella cuyo afecto es criticado
No recoger las cajas caídas 
Estar en todos lados sin cajas o platos
No romper los platos
No soportar la carga de no estar presente
No tener que sentir dolor o ser herida
Dejar ir el dolor 
Y que sea solo mi imaginación 
Y la imaginación está en todas partes, en todos los colores
No tener color, ser el color
No hacer sonidos, ser el sonido
No tener lenguaje, ser eco, proyectar el lenguaje
Ser la transmisión de palabras
No estar triste 
No tener por quiénes estar triste
No comer sola
No coger con quienes no creen que mi cuerpo es hermoso
No coger
O algo
Ser cenizas sin lugar
No estar sin lugar, pero tampoco estar en alguna parte
Entrar en el océano no por capricho, por un impulso 
Donde no haya centro 
Donde no haya seguridad
Allí nunca hay
Allí nunca hay ira
Nunca hay algo qué mirar
Nunca mire nada
Solo fui y caminé 
Traté de amar
Pero el amor no tiene esperanza
Y yo la he perdido toda, tan sombría que voy más allá
Estoy más allá de lo que podría considerarse bajo
Hay bajo o alto, espacio o tiempo,
Yo he ido más allá de aquello que es pronunciado
No tengo la obligación de hablar 
ni de hablar por mí
Croar eternamente al pantano
No digo una cosa
Existo
No, no lo hago
Nunca lo hice
Puede que tú lo hayas hecho
Pero yo ya me había ido
Y aún sigo allí
Aquello que pronuncias
Ya lo he pronunciado
En un mundo de cenizas y luces
Ellos llaman por mi nombre
Ellos me esperan
Y ahora sé que
Yo siempre estuve allí
con ellos.
Más de Dorothea Lasky: aquí.
Más de Chrissy Lau: aquí. 
Traducción del inglés: Arely Jiménez. 

sábado, 26 de mayo de 2018

EL REGRESO de Robin Myers

Carmen Hui


Ésta es la calle donde tu madre te dio a luz.
Ésta es la llave que perdiste en la nieve, y éste es el abrigo que usaste para buscarla.
Ésta es la manera en la que se ve el cielo desde un avión la mañana en que huiste de casa. 
Éste es el lugar que pensabas nunca abandonar.
Éste es el sándwich que comiste en la escalinata de la iglesia, las migas que lanzaste a las palomas. 
Ésta es la funda de almohada que tu cabello delinea. 
Éste es el verano.
Éste es el continente que cruzaste, la carta que metiste a la lavadora por accidente, el cuchillo de cocina
que salpicaste de sangre cuando a solas cortabas una cebolla.
Éste es el asombro al reconocer a un amigo por su tos desde la otra habitación. 
Esto, a pesar de que estés dormido, es un ratón bajo el piso de madera y la luz que se esparce por las
rendijas, y estas son las sombras sobre la columna de una espalda que se gira.
Esto es casi lo que quieres decir.
Esto es alguien que toca a Brahms bajo las escaleras, el vaso de agua que tiembla sobre el piano, se
derrama.
Esto es ira, clases de manejo, un año en tu vida; ésta es la parada de autobús, las sábanas, la onda de
calor; estos son los fuegos artificiales que viste desde lejos y que mudos se abrieron como flores en una
colina oscura.
Esto es la manera en que observas a la gente en el tren y la extrañas. 
Esto es la fe que pones en el nudo de la cuerda
que estás escalando, y estos son tus dedos, calientes y despellejados.
Esto no es una excusa. 
Esto es el océano dentro de una concha. 
Esto es el océano.
Esto es, al parecer, a lo que hemos llegado.
Esto eres tú, si regresas.
Esto eres tú si no regresas.

Robin Myers

Traducción de Jesús Carmona-Robles


Más traducciones de Jesús Carmona-Robles: aquí. 
Más de Carmen Hui: aquí

lunes, 21 de mayo de 2018

Diario de una mujer de ojos grises de Atenea Cruz

Elena Pancorbo.

Los siguientes poemas pertenecen a la antología personal Diario de una mujer de ojos grises (2009, ICED), que se compone de cuatro poemarios distintos: "Canción contenida" (2008), "Diario de una mujer de ojos grises" (2007), "Metodología del olvido" (2004) y "Del amor y otras enfermedades venéreas" (2002). Los comparto al azar, conforme fui hojeando el libro, el cual está exquisitamente ilustrado, definitivamente es uno de esos libros que son hermosos no sólo por los poemas, sino por el manejo y acompañamiento que se les dio.


IV

Deberíamos recordar
esa canción
que nos reveló que teníamos alma.
Deberíamos llevar en la cartera
una foto
un papel
una carta
que nos identifique humanos.

Deberíamos llevar
en la punta de la lengua
la pregunta que pueda destruir
lo que sentimos cierto.

Habría que beber un poco,
chillar por los errores
que no podemos perdonarnos,
regresar al amor,
mirar con los ojos torcidos,
llorar como un niño,
apedrear a los que no sean como nosotros,
caminar hablando de lo que no tenemos,
de lo que por suerte no somos,
de los lugares donde no nos dejan entrar.

Deberíamos recordar
las estupideces que nos han enseñado
y caminar derechos
y decir buenas tardes.

Recordar,
porque la vida es corta.



Elena Pancorbo



DULCE

La gente me dice
¿por qué no puedes ser más tierna?
¿Por qué no intentas ser más dulce? 
¿Por qué no aprendes otras palabras
además de las negras? 

No es que no sepa hablar de ese modo,
es que no quiero hacerlo.

Dejen de molestarme. 

Si fueran tan buenos como dicen
se parecerían un poco menos a mí. 

Viviríamos en silencio
sin mirarnos a los ojos
pero al fin en paz. 






RESIGNACIÓN

Al final
sobra tiempo para contemplar las estelas de las mariposas.
Tender al solo los recuerdos que nos mantienen erguidos
para sacudir las cenizas.

Al final hay espejos que lastiman
y oscuros escondites donde la memoria juega al póker.

La vida es un ejercicio de resignación y olvido.
Una cuestión de fe.

Lo doloroso es ver pasar los años
el amor
las tragedias
el cuerpo
y al final descubrir
que todo era tan simple.

Lo importante fue siempre
estar tranquilo.
Intentar ser feliz
en caso de que Buda nos mintiera
por si acaso no existe el Paraíso
por si es cierto que aún no estamos muertos.

Acaso sea probable
que la vida no trata más que de eso:
aprender a estar vivos.



UNO PARA HENRY CHINASKY

Él dijo: 
"Anoche
soñé que te metía la verga
pero 
no pienses
que estoy dándote entrada
o que significa algo para mí".

Sonreí. 

Nunca fui más. 

Su nombre todavía me dolía hasta la carne.
Cada vez que cogimos
me hizo creer en la posibilidad del cielo. 
De un Dios.

Aún es mi única razón para existir. 

Pero sólo dije: 
"Pene se oye menos vulgar"
y salí. 



Elena Pancorbo



SRITA. BLUE

Señores, 
como última voluntad
quiero mostrarles mi radiografía: 
soy morena clara
como una noche remojada de agosto.
Me gusta el agua,
pero cuando viene del cielo
me entristece.

Le temo a los vampiros
a pesar de que duermo
con la ventana abierta.

Alguna vez,
probablemente de niña, 
creí que un vaso de esperanza
no se le niega a nadie;
ahora sé
que estar marchito
no necesariamente
implica que estés muerto.

A estas alturas
no sé diferenciar 
catorce atardeceres
de dos cuerpos.

Y mi capacidad de formar parte de un todo
decrece
en proporción directa al aumento
del azul en mis córneas.

La mayor parte del tiempo
preferiría dormir,
estar leyendo,
o hacer el amor con alguien
digno de quitarle a mi angustia
este olor a soledad. 

Pero 
para cualquiera de las tres
se requiere de tiempo y energía: 
olvidé mencionar
que estoy obscenamente enferma
de fastidio
frigidez en el habla,
y demás afecciones nerviosas 
que conlleva
dejar de tener diez años.

Señores, 
hay algo cuando río
que no me deja ser
completamente honesta. 

Todo lo dejo a medias.
Desde hace años cuando me acuestio
sueño sombras corriendo tras de mí. 

Los perros me dan lástima
por fieles, 
por estúpidos; 
a veces no me gustan los gatos
pero en mi casa han habido hasta doce.

Me siento fracasada
y el entusiasmo me dura lo mismo
que la erección de un hombre a los sesenta.

Aun así,
hay gente que me envidia
y lucha por destrozarme. 
No soy ninguna víctima
pero lo más ridículo
es 
que han logrado
acabar con la ración de fe
que el buen Dios me vendió
a cambio de mi silencio. 

Ya que hablamos de Él
déjenme confesar
que soy una traidora.
No creo en el infinito.
Por diecisiete años
he visto los milagros
como una transacción.
Me di un receso
y ahora busco la fe
plenamente consciente de mi incapacidad
para confiar.
Sólo por miedo a condenarme. 

Señores: 
es todo lo que puedo declarar en mi defensa. 
Como última voluntad
quiero venderles mi radiografía.

Vamos a imaginar 
que es el retrato
de la perfecta niña feliz
políticamente correcta,
y cuélguenla en la estancia 
de una casa
cualquiera. 


Más de Atenea Cruz: aquí.

Más de Elena Pancorbo: aquí.